Mandingo

Muchas veces dejamos entre renglones el conflicto que implicó para los negros resistirse viviendo, o más precisamente, “sobreviviendo” descorazonados, aterrados, infectados, lastimados, ansiosos, castigados, hambrientos y agotados, por lo que finalmente todas esas angustias encendieron un polvorín de pasiones con la potencia de un estampido extraordinario, tal como sucedió una tarde clarita, con el sol bien alto, dejando ver el drama de un encuentro con la muerte.

Raúl Freytez

Estos cobertizos cada día apestan más, rumiaba don Romero, el malvado capataz de la hacienda El Palmar, solazándose en las volutas de humo de su tabaco, tan apestoso como los establos negreros. Fernando Romero era un zambo malencarado, transformado en capataz o favorito del patrón para reprimir a su raza de origen, que aborrecía, mentado como “capanga” por los negros.

Es sabido que tanto los españoles como los portugueses pretendieron ocupar a los aborígenes como esclavos, pero los indígenas no lograron resistir los rigores de la esclavitud, razón por la cual fueron aliviados de ese suplicio, dando lugar al cruel e inhumano comercio de esclavos negros, por lo que El Palmar, uno de los fundos más exitosos del lugar, estaba poblado por más de un centenar de negros adiestrados para las tareas del campo, más allá de más lejos, cerca de Variquisimeto.

El Palmar, uno de los fundos más exitosos del lugar, estaba poblado por más de un centenar de negros adiestrados para las tareas del campo

El Palmar, uno de los fundos más exitosos del lugar, estaba poblado por más de un centenar de negros adiestrados para las tareas del campo

La concepción de los encomenderos españoles no consentía el trabajo manual, pues pensaban que el largo viaje y las penalidades pasadas debían servir para abandonar una vida de pobreza y vivir al modo de los señores de tradición feudal que estaban presentes en la costumbre peninsular.

No podía haberle ido mejor al amo don Nicasio de la Hez, un cachondo urbano parido del vientre de una vasca con fortuna, llegado muy chico a estas tierras cuando el embarque de Colón a tierras del nuevo mundo, de la mano de su padre don Gervasio de la Hez y Berrío, otro terrateniente vulgar y patán, en busca de alivio a sus llagas venéreas.

Don Gervasio, maduro, acaudalado y con extensas plantaciones de cacao y caña de azúcar, decidió asentarse con una familia mediana, donde su mujer -doña Matilde- se la pasaba desparramando hijos enfermos, muchos de los cuales morían casi al nacer, producto de la gonorrea contagiada de su “hidalgo” esposo.

Don Nicasio fue uno de los sobrevivientes: altivo, corajudo y “jembrero”, creció rodeado de negras nalgonas y enormes tetas de puntiagudos pezones, sudorosas y siempre dispuestas a los requerimientos sátiros del “niño” de la casa.

Los días pasaban feroces y atareados, entre los gritos del caporal y el rasgar de las carnes laceradas por el látigo infernal, mientras las arcas de don Nicasio se rellenaban de oro con el dolor sudoroso de sus esclavos.

El látigo resonó con mayor fuerza en la espalda de los pobres negros

El látigo resonó con mayor fuerza en la espalda de los pobres negros

Mientras tanto, por los lados del terraplén que unía el poblado de Yaritagua con Buría, en una casucha de paja rumiaba sus penas la negra Mandinga, rodeada por tres negras esclavas del mielero, apoyándola mayormente para no perder la criatura mientras pujaba para parir otro negro al amo Nicasio en una tarde gris y tormentosa que pronto dejaría un charco en los canjilones cincelados por las carretas, cuando resonó el grito lloroso de un nuevo esclavo. Mal día para nacer en esa oscurana, sin más agua que la que caía del cielo, recogida en totumas para limpiar la piel blanquecina del recién nacido.

Contrario a otras ocasiones esta vez Mandinga trajo al mundo un macho, luego de haber parido 14 negras fuertes, una de las cuales, Dorilda, se encargaba de darle la teta a su hermano, con mimos torpes pero amorosos, mientras la negra Mandinga aseaba sus partes anudando el condón umbilical en su lastimado genital.

Cercana las cinco de la mañana, mientras la caterva de negros se preparaba para acudir al campo, don Nicasio revisaba personalmente las buenas nuevas en sus “criaderos” humanos. La cría de esclavos negros era un negocio redondo, por lo que en cada fundo había un centro maternal de negros, donde las negras dejaban sus crías al cuidado de “expertos” en el tema: negro que nacía maleado, era inmediatamente desechado y, para colmo, sus padres puestos en la lista negra, no así los negros sanos cuyas madres eran tratadas con ciertas consideraciones por su capacidad reproductora. Mandinga era una de las paridoras de mayor servicio al amo Nicasio, y por lo general se afanaba en el cuidado de la casa solariega. Apenas unas horas antes había traído al mundo a un negrito, al que bautizaran con el nombre de Mandingo, y ya estaba al frente de sus responsabilidades en la mansión del patrón.

¡Ah negro arrecho cuando se arrecha!

Los años pasaron presurosamente y Mandingo se hizo acreedor de un buen lugar entre los esclavos por su condición de parejero, dicharachero, mentiroso, hablador, templado, atrevido y meloso a la vez. Era un negro alto de manos grandes y poderosas como garfios de arpía, con la piel tan negra como el azabache, anudada en músculos acerados. De sus fosas nasales, abiertas y profundas como grandes grutas, salían vapores de ímpetu cuando la sangre se le iba a las sienes, enrojeciendo sus ojazos henchidos de sangre; ¡ah negro arrecho cuando se arrecha!, pregonaban sus iguales tiranizados. Algún día será un buen semental, decía don Nicasio a sus contertulios.

Mandingo se hizo acreedor de un buen lugar entre los esclavos por su condición de parejero, dicharachero, mentiroso, hablador, templado, atrevido y meloso a la vez

Mandingo se hizo acreedor de un buen lugar entre los esclavos por su condición de parejero, dicharachero, mentiroso, hablador, templado, atrevido

Mandingo cuidaba del cobertizo hasta la muerte de su amo, cuando en una ocasión recibieron otra mala noticia relacionada a que el caporal don Romero cumpliría con las obligaciones del fundo, mientras llegaba uno de los hermanos de don Nicasio de la misma Madre Patria, para hacerse cargo de la herencia.

Para entonces todo cambió drásticamente: el látigo resonó con mayor fuerza en la espalda de los pobres negros, la comida se volvió aún más mugrosa, desabrida y escasa; el trabajo arreció en el campo y muchos cayeron enfermos contagiados de paludismo, podridos en sus propias heces ante el yugo omnipotente del despiadado mayoral.

Muchas veces dejamos entre renglones el conflicto que implicó para los negros resistirse viviendo, o más precisamente, “sobreviviendo” descorazonados, aterrados, infectados, lastimados, ansiosos, castigados, hambrientos y agotados, por lo que finalmente todas esas angustias encendieron un polvorín de pasiones con la potencia de un estampido extraordinario, tal como sucedió una tarde clarita, con el sol bien alto, dejando ver el drama de un encuentro con la muerte. Mandingo, enervado por las perversidades de su nuevo patrón, decidió teñir la tierra con la sangre de Romero, abriendo una zanja profunda en el cráneo del mayordomo con un certero machetazo, huyendo luego del lugar hacia los llanos centrales.

Mandingo, enervado por las perversidades de su nuevo patrón, decidió teñir la tierra con la sangre de Romero

Mandingo, enervado por las perversidades de su nuevo patrón, decidió teñir la tierra con la sangre de Romero

Para entonces, la guerra había dejado su huella macabra en los campos y el verdor desapareció de las sabanas para dar paso a osamentas secas de negros, indios y mulatos, enrolados al ejército del voraz canario Boves.

Entre relinchos de espanto

Por los llanos de la patria y en muchas regiones del país, el Ejército Libertador ejercía presión extrema para librar a Venezuela del yugo español y tenía en Boves el elemento maligno para teñir los campos de sangre. De punta a punta, entre vericuetos, quebradas, ríos, ensenadas, poblados y llanuras, Boves y sus hordas fanáticas sembraban el pánico a su paso demoledor.

A este río inhumano de gentuza cruel se había unido Mandingo, deseoso de vengarse a como diera lugar de sus opresores, cegando vida tras vida de los abusadores mantuanos y civiles patriotas.

Las mortajas eran cientos y la podredumbre era casi insoportable a más de una legua a caballo, aturdiendo al más salvaje con su pestilencia cargante.

Una tarde, entre relinchos de espanto, las tropas del catire Páez advirtieron la polvareda levantada por las pezuñas del ganado arriado por los hombres de José Tomás Boves, mientras los cascos de sus bestias retumbaban en los terrones del llano calaboceño. En cuestión de minutos las tropas entromparon el aventurado grupo humano en encarnizado encuentro; los lamentos poblaron el ambiente mientras la sangre rugía en el alma de los combatientes.

El negro Mandingo, con un trapo verde amarrado al cuello, trajeado con chaqueta de oficial patriota sin botones, raída y descocida, hundía despiadadamente su chafarote en las barrigas de los soldados llaneros y a ratos dejaba caer el filo del machete en el torso de sus adversarios, cuando repentinamente una lanza le traspasó el costado, dejándolo sin fuerzas, desangrándose sobre otros cuerpos. El brutal topetazo cesó tan rápido como empezó y el polvo precedió la huida de los llaneros de Boves.

A una orden del catire Páez la soldadesca rebuscó entre los cuerpos todo cuanto fuera de valor, rematando a cualquier enemigo moribundo, al tiempo de prestar oportuno auxilio a sus camaradas patriotas, cuando un gruñido dejó entrever la sombra oscura de un hombrazo herido de lanza en un costado. El llanero dispuso la punta del asta para rematar al negro cuando el envión fue detenido al vuelo por el propio Páez…

-Espera, dijo, ¿no es este negro desgraciao el que ha estado jodiéndonos la vida to´estos días?

-Ansina es, Taita, espetó el soldado con un escupitajo de chimó.

-Ajá, rumió el General. Dame esa punta, ordenó. Alzó el picacho de la lanza para hundírsela en el pecho al infeliz rebelde, cuando los ojos del negro se abrieron mirándolo fijamente, sin turbación, sin miedo ni parpadeo alguno, aún con el sol diseminando luz en su retina. El catire, en cuestión de segundos, percibió con asombro la humillación sufrida por este hombre cuya única falta fue venir al mundo vestido de ébano vivo; vio sangre, desolación y privaciones en esa mirada de lince, que no suplicaba perdón, sino comprensión, por lo que demandando cuidado para el negro herido, se alejó con la vara sobre el hombro entonando un silbido agudo ante el asombro de la tropa.

Mandingo se une al ejército patriota

Muy pronto sanaron las heridas de Mandingo y en todo ese tiempo no le había dirigido una sola palabra a nadie, sino uno que otro gruñido a sus guardianes, buscando en su mente una razón que le hiciera comprender el por qué estos hombres estaban en el “bando equivocado”, peleando a favor de los blancos mantuanos exprimidores de vidas. Logró observar que entre los llaneros, indígenas, negros y blanquitos no existía discriminación alguna, aún comiendo poco, durmiendo peor, desnudos sus pies y torsos, vestidos apenas con un calzón corto, con sombreros de palma de alas amplias, a lomos de caballo y otros en sillas de cuero crudo, siempre dispuestos a entrabar combates con bastante frecuencia sin perder el buen humor…se percató por instantes de que estos llaneros comandados por el “Taita” Páez, luchaban contra los explotadores de seres humanos, la misma gente por la que tanto padecieron sus abuelos y Mandinga. Páez y sus llaneros luchaban entonces por la misma causa. Estando en estas cavilaciones, un oficial se le plantó al frente.

-Párate negro el carajo -espetó un capitán de caballería- y agradece a nuestro General que estás vivo…

-Yo no pedí clemencia -por primera se escuchó la voz del negro- dirigiendo su mirada aviesa hacia el General Páez.

-Güeno Taita, no le voy a negá que el espanto me llegó al alma con un friíto en el maruto revolviéndome la tripa y hata me vi ensartao por un momento…má tarde o má temprano nos llegará la muerte -rumió pausadamente- pero juera sío un honó morí de mano del Taita. Usté mejó que naiden sabe que nací pa´sé negro, y negro vo a morí. Sí señó, pero de hoy pa`lante le serviré hata el día de mi muerte, sentenció Mandingo, escupiendo un negruzco y fétido salivazo. Y así fue.

Desde entonces hombres como Mandingo, entre muchos negros, indios, mulatos y zambos, se lanzaron a la heroica gesta emancipadora, viviendo todos como si fuera el último día, siempre al filo de la muerte, con tal de dar al traste con las ansias de poder del señorío español.

Aún cuesta creer que estos seres fueran tratados de modo tan cruel, desdibujando la naturaleza del ser humano por engendrar tan bajas pasiones, anteponiendo el dinero como cepa de todos los males. La esclavitud expresa mucho de las bajas pasiones y nunca habrá perdón para quienes haciéndose llamar equívocamente “cristianos” participaron en el comercio de seres humanos como si fueran animales, por lo que es justo rendir un cálido homenaje a todos esos hombres y mujeres, que con su sudor y sufrimiento ayudaron a construir la historia del suelo venezolano y muchos, la del continente americano, aún a costa de sus vidas. Uno de ellos fue Mandingo, tan negra su piel como negra tuvo el alma el mismo Boves.

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