Yaracuy: La piedra y el agua se unen para otorgarnos yaracuyanidad

Raúl Freytez

Foto: Magaly Martínez

“…nombre de indio, o de un río, sea cual fuere el sentido que se le quiera dar, Yaracuy pertenece no sólo a la geografía de Venezuela, sino que implica una dimensión emocional, señala una modalidad espiritual”. (Manuel Rodríguez Cárdenas)

Soy amante fiel de las tradiciones de mi tierra y una de ellas, por su representatividad, es la significativa presencia de la imponente escultura que muestra los trazos fornidos de un indígena apuntando con su mano izquierda el lugar donde se apresta a lanzar el hacha. Junto a él, un tigre criollo. Ambos revelan su indócil naturaleza, al final de la avenida Yaracuy en San Felipe.

Estoy confeso. El título “Mármol desnudo”, correspondiente al capítulo VIII (Págs. 55-60) del libro Aguas Lejanas, logró que personalidades respetables de la región expresaran su criterio a través de argumentos, para negar la existencia del cacique Yaracuy. Esta polémica es trascendental dada la seriedad manifiesta de los columnistas y profesionales en la materia.

Por esta feliz ocurrencia, finalmente conoceremos la verdad al rasgar el velo de incertidumbre que ensombrece al polémico aborigen. Al fin y al cabo, por cruda que sea la realidad, jamás podremos arrancar de nuestros corazones esa creencia tan propia. Va más allá, es costumbre; pieza esencial de nuestra tradición, acrecentada y ennoblecida por la fortaleza espiritual de todo un pueblo orgulloso de su nombre, que en términos jurídicos podríamos enunciar las frases “Inveterata consuetudo” como la convicción colectiva de que la práctica reiterada, pacífica y constante de un accionar, es jurídicamente válida, de allí el aforismo “la costumbre se hace ley”.

La noble estampa del indio Yaracuy, obra del escultor Alejandro Colina, quien reivindicó la talla de nuestros indígenas

La noble estampa del indio Yaracuy, obra del escultor Alejandro Colina, quien reivindicó la talla de nuestros indígenas

Bajo esta circunstancia debo aclarar que no fue mi intención desatar un debate para forjar falsos principios de identidad, sino todo lo contrario. Dejé fluir el fruto de mis investigaciones, y al conjuro de la imaginación reviví al hombre de carne y hueso llamado Yaracuy, bajo el influjo de la leyenda.

Ahora han surgido opiniones que niegan la existencia emblemática del indio, quizás para levantar el telón que permita develar por fin ¿la farsa inveterada a la que hemos sido sometidos durante décadas los yaracuyanos, extendida a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos?.

Los historiadores, cronistas, investigadores y expertos en la materia tienen el deber ineludible de emitir un pronunciamiento que aclare toda sombra de duda en torno al emblemático personaje. Que brille la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Es insólito que en pleno siglo XXI aún exista tal incertidumbre, por lo que me sumo al debate con algunas reflexiones en torno al tema.

Se tiene como cierto que Yaracuy pasó a formar parte de la geografía de Venezuela hacia el año de 1530, con la llegada del Alemán Nicolás Federmann, que al mando de 150 hombres realizó una expedición invasora siguiendo la ruta desde Cayamatá hasta Aguada grande, San Miguel y las montañas de Mucuragua, en la Serranía de Bobare. Y mientras avanzaba la hueste conquistadora, más allá de las montañas, en las riberas de unas tierras prodigiosas, un rumor intenso les dio a conocer la senda caudalosa de un río, violento en su fuerza hídrica, llamado Iracuy por los nativos, hecho que nos impulsa a creer que desde el punto de vista histórico ese hecho representa el nacimiento de nuestra región en la época pre colonial venezolana, aunque sabemos que este territorio es reconocido por propios y visitantes como el lugar donde impera la historia, pero también las costumbres, tradiciones y leyendas.

Bajé de su pedestal de piedra al cacique Yaracuy en razón a la agradable lectura del libro “Historia Militar de Venezuela”, del investigador Fidel Betancourt Martínez. Tomo I, Volumen I, Época I. Pre-Independencia, 1553-1810, páginas 94-98. Fondo Editorial Betancourt Martínez. Barquisimeto, 1988, en cuyas páginas se describen las batallas de Cuycutua y Uricagua, donde Yaracuy, Manaure y Terepayma encabezan la alianza de poblaciones indígenas contra los españoles. Esta obra es de sumo valor bibliográfico y refleja un fecundo caudal de conocimientos dignos de estudio hacia la investigación y comprensión de la historia de Venezuela.

Tengo en mi poder la riqueza bibliográfica del investigador Fidel Betancourt Martínez (1897-1987). Y gracias a su lectura, despojé al indio de su manto de piedra para que exclamara a los cuatro vientos su recia condición de hombre. Desperté al gigante que dormitaba en las sombras; al aborigen que con la talla de un Hércules americano logró enfrentarse a la furia devoradora del conquistador para legarnos nombradía, aún a pesar de no tener la partida de nacimiento que lo testifique, como debo suponer sí la tuvieron Manaure, Guaycaypuro, Terepayma y otros célebres indígenas que también forman parte del acervo cultural en el imaginario colectivo nacional.

Quienes vivimos bajo este cielo, así como nuestros visitantes, durante muchas décadas hemos observado la noble estampa del indio Yaracuy, obra del escultor Alejandro Colina, quien reivindicó la talla de nuestros indígenas, y no solo de Yaracuy, sino también de Manaure, Chacao, Caricuao, Tiuna, Guacamaya y Yarijú, tan sólo por nombrar algunas de sus obras, entre las que destaca la imponente figura mítica de nuestra reina María Lionza.

Y en el caso específico de la escultura del Indio Yaracuy, desde niños, nuestros padres y abuelos nos han enseñado con su propio ejemplo el respeto que merece la insignia característica de nuestra condición soberana, y nosotros hemos inculcado a nuestros hijos y nietos el sagrado deber de enaltecer y respetar nuestra yaracuyanidad, provenga de un río como hecho histórico, o de una leyenda a través de la estampa de un indígena, ya que por encima de la historia -con todo el respeto que se merece- todos los pueblos registran sus propias tradiciones y leyendas, por lo que “negarlo es etnocéntrico”, pues según el profesor Rafael Strauss, experto en estudios etnográficos, afirma que “hay personas que creen que su forma de entender la vida, costumbres y tradiciones es la más acertada en menoscabo de otros grupos que no las comparten”.

Por lo tanto, no es fácil olvidar o arrancar de nuestras almas el grato recuerdo que nos inspira esa mole de roca viva plena del más firme sentimiento regional; piedra desnuda que como nunca refleja la condición de nuestra sangre: bravía, persistente y noble.

 El río Yaracuy muestra el torrente de sus aguas plenas de historia y tradiciones. (Foto Magaly Martínez)


El río Yaracuy muestra el torrente de sus aguas plenas de historia y tradiciones. (Foto Magaly Martínez)

No me alegra ni me satisface el velo de incertidumbre que cobija al indio Yaracuy, porque soy fiel creyente de que su fortaleza no radica en la demostración de su acción humana. El valor de ese peñasco radica en la solidez moral y espiritual de su estampa, igual como respetamos el precioso caudal del río Yaracuy, majestuoso torrente pleno de historia y leyendas que nos identifica como yaracuyanos porque sus aguas fluyen por nuestras curvas venas. La piedra y el agua se unen para otorgarnos yaracuyanidad. Y hoy es un buen día para revivirlo aún por encima de cualquier realidad; de sol a sol, mañana y siempre.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s