Expedición Yaracuy: Crónica de un río

Un vocablo indígena le otorgaría identidad cuando Federmann supo que el impetuoso torrente era conocido por los nativos como Iracuy, el río que habría de convertirse en estirpe de nuestra identidad, bastión de lucha por donde bogó y aún rema la memoria en raudales de leyendas

Raúl Freytez/ Foto: Magaly Martínez

Algunas herencias trascienden los límites de la realidad al punto de que rayan en el misterio, tal como el torrente vivo que sin nombre propio bañó de bienestar el lugar del origen; la rápida corriente de un río que a sus playas empapadas de vida silvestre, se extendían inmensas extensiones de bosques y montañas de esmeraldina frescura, encendiendo de brillos aceitunos el entorno.

El río Yaracuy ahora fluye libre hacia las costas caribeñas, para mostrarle al mundo la poderosa historia de nuestra región

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La existencia de un río que de banda a banda ofrecía su aliento en sorbos de rápidos culebreos para vivir con él y trascender también a la historia, mucho antes en pleno siglo XV, con el acaudalado vientre preñado de corronchos, bagres, cangrejos, camarones, caimanes y babos, en un espacio libre, vital para los pobladores de sus playas en numerosas familias de naciones gayones, cuibas, ciparacotos, ayamanes y caquetíos; pueblos aborígenes que en pocas décadas presenciarían el arribo de la barbarie a través de un reducido grupo de soldados alemanes y unos pocos españoles conducidos por el enviado de los Welser, Nicolás Federmann, siguiendo la ruta de Cayamatá hasta Aguada Grande, San Miguel y las montañas de Mucuragua en la Serranía de Bobare.

Iracuy, el nombre que expresa la amplitud y magnificencia del río, que en lengua aborigen significa “coger aguas a lo lejos”, que es igual decir “aguas lejanas”, comparado por el mismo Federmann con el Rin, de Alemania, raudal rodeado de castillos y fortalezas medievales, pues concordaba con el sentimiento de admiración por el gran escenario verde que dominaba, desde su nacimiento al abrazo final con el Mar Caribe.

Iracuy, un caudal sin límites con todo el esplendor y toda la bravura de la naturaleza sobre su lomo indomable enfurecido aún más por los aguaceros torrenciales, bramando río abajo tras arrastrar escandalosamente árboles, rocas, fango y todo lo que se le atravesara entre borbollones de barro y horror. Un enorme y deslumbrante caudal que desde siempre arrancó expresiones de asombro a su paso entre el boscaje de las montañas; atronadora corriente natural que en muchos puntos se abría paso con la fuerza del oscuro torrente para inundar amplios espacios donde prosperaban ecosistemas de donde surgió la vida a borbotones, para luego desaguarse en el Golfo Triste del Mar Caribe que se teñía de iracuyanidad, pues desde 1530 su cauce conquistó un nuevo curso en la historia, ya que a partir de ese instante un vocablo indígena le otorgaría identidad cuando Federmann supo que el impetuoso río era conocido por los nativos como Iracuy, que habría de convertirse en estirpe de nuestra identidad, pues con el pasar de los años, así empezó a reconocerse el valle de su nacimiento, convertido desde entonces como bastión de lucha por donde bogó y aún rema la memoria en raudales de leyendas. (Continuará en Marzo de 2014)

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