“Autobiografía de un río” del Dr. Nicolás Capdevielle

Y así comienza esa historia. El escritor pone en boca del río sus propias palabras y las aguas comienzan a hablar de sí misma.

William Ojeda García

Casi como un milagro, treinta años después se logra la publicación de un libro del eminente médico y escritor Nicolás Capdevielle Peralta, que abre sus páginas para poner hablar al Río Yaracuy en su propia autobiografía, cuyas aguas la transforma en exquisita pieza literaria donde deja narrar para la conciencia colectiva su génesis, proeza y larga agonía.

El Río Yaracuy, tuvo un cauce majestuoso hasta que la mano del hombre mermó su temple

El Río Yaracuy, tuvo un cauce majestuoso hasta que la mano del hombre mermó su temple

Y como él mismo lo dice, da cumplimiento a la sentencia popular “de que cada hombre debe tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro”. Capdevielle dedica su libro al Río Yaracuy, padre de las aguas de nuestros valles, en sus aspectos más resaltantes, intentando compendiar las tres propuestas: tener un hijo es proyectarse al futuro, escribir un libro es también lanzar un dardo hacia el porvenir, y sembrar un árbol es prolongar una vida a través de nuestras manos”.

Y así comienza esa historia. El escritor pone en boca del río sus propias palabras y las aguas comienzan a hablar de sí misma. “Al decir del poeta “Nuestras vidas son  como los ríos, que van hacia el mar que es el morir”. Pero al irles contando la magnitud de mi tragedia vital se irán dando cuenta de que la muerte me amenaza en cualquier recodo antes de llegar al mar, antes de que mis cantarinos labios alcancen a besar el salitre del azulado piélago. Para mí parece que la vida se hubiese iniciado cuando el alemán Nicolás Federmann divisó mis riberas en 1531 y me comparó con el hermoso río Rhin de su país, en aquella reseña de su viaje publicada en alemán en 1557. Pero ese no fue sino el primer encuentro mío con los blancos y mi tardía irrupción en la historia. Antes yo existía innominado, entonando canciones que me acompañaban los guijarros y los pájaros de mis márgenes y el silbido de los árboles azotados por la suave brisa. Era entonces el producto de una depresión o fosa que después llamaron tectónica y mucho más tarde Turbio Yaracuy. Avenada por una de las dos vertientes, esa depresión que me alimenta tiene suelos inclinados desde el pie de la Sierra de Aroa, con un subsuelo tipo deltaico y en gran parte arenoso, llanuras aluviales. Es que en pretéritas eras geológicas  esta llanura era una prolongación tierra adentro del Golfo Triste, que para alegría nuestra debería llamarse Golfo Yaracuy”.

El río se confiesa que solo en el Oligoceno Inferior, nuestras tierras quedaron libres de agua y de disposiciones de origen marino. Los suelos continuaron azotados con frecuentes convulsiones sísmicas, originándose plegamiento y levantamientos. Estos movimientos fallísticos, a decir de las propias aguas, produjeron hundimientos del terreno en la época en que Los Andes iniciaron su levantamiento. Así nace nuestra fosa tectónica con sus dos vertientes; una con pendiente al Mar Caribe y otra que va al Atlántico por intermedio de la Hoya del Orinoco, como el Rio Turbio y otros que avenan al Portuguesa y al Apure. Al irse levantando el litoral marino, los ríos aportaron estos materiales aluvionales originando conos de deyección, que unidos formaron un plano inclinado piemontano, el cual fue empujando mi cauce hacia al Sudeste, hasta lanzarme al pie de las montañas de Nirgua. Cuando recuerdo estas incidencias, siglos que parecen minutos  y los milenios semejan horas, todo lo contrario sucede cuando esperamos, como espero yo mi redención o rehabilitación que parece transcurrir en desesperante centuria”.

Y el río confiesa: “Tiempo después comenzó a llamárseme “Iracuy” que en lenguaje aborigen significa ir a coger agua muy lejos. El valle donde discurría y transcurría mi existencia era nombrado Vararida o Uadabacoa y Valle de Las Damas por los intrusos antes que la dominación mía se hiciera extensiva a él. En las cercanías moraban mis propias gentes: por Nirgua los aguerridos Jirajaras, por Cuara (Campo Elías y Chivacoa) habitaban Caquetíos, Chipas y Noaras; por Guama e Iboa se desplazaban los Guayones y también Chipas y Caquetíos , entre Guama y Cocorote y lo que es hoy San Felipe correteaban los Guayones, Ayamanes y una rama de los Jarajaras mas pacíficos que los de Nirgua. Así, mis amigos, que al presentimiento debo decirles que soy un río que pertenezco a la vertiente yaracuyana del Mar Caribe. El  río Aroa, situado más al Norte, es mi compañero de  Cuenca. Mi origen se encuentra en el cerro La Enjalma, parte  septentrional de Urachiche, contribuyendo a mi formación una serie de manantiales y riachuelos que descienden de la Sierra de Aroa”.

“Aparte de los escasos kilómetros que transito por la umbrosa selva de María Lionza, en el resto de mi travesía tengo las características de un río de llanuras. La mayor parte del año me desplazo plácidamente adosado al pie de las montañas de Nirgua, quietud que a veces  interrumpo con furiosas crecidas y encrespados torrentes. En esta rutina diaria recorro 135 kilómetros hasta mi desembocadura en Boca de Yaracuy, en el Golfo Triste del Mar Caribe, en la confluencia de límites Falcón-Yaracuy-Carabobo. En este trayecto mi profundidad varía entre 0,3 mts en los tramos más superficiales, hasta 3 metros en los más profundos. Esto no fue siempre así, en épocas remotas fui navegable. Por mi cauce subían y bajaban hasta El Chino las balsas y canoas, pequeñas embarcaciones que llevaban el preciado cacao y otros frutos hasta Puerto Cabello, trasbordando en Tucacas y de ahí a los mercados internacionales. Cerca de mi desembocadura y en mis caños y vericuetos me fue familiar la espigada figura del zambo Andrés López del Rosario “Ansdresote”, quien entre 1730 y 1733 fue el primer rebelde que se alzó en el siglo XVIII contra la Guipuzcoana y el poder de la Corona Española transitando mis dominios desde su base de Riecito y del río Aroa.”

Y el río también sueña: “Si realizamos juegos imaginarios viendo una balandra adentrada en Boca de Yaracuy, rodeada de balsas, chalanas y canoas, intercambiando lienzos, vinos, quesos y prendas de vestir, por cacao, café, pieles, añil, granos diversos y multicolores guacamayas, para luego emprender el viaje de regreso río arriba, es seguro que las nuevas generaciones pensarán que se trata de ciencia ficción o de una historia  fabulada. Todavía a finales del siglo pasado se constituyó una compañía con el objeto de restablecer la navegación fluvial en mi cauce. Tal iniciativa se abandonó por lo irregular de mi corriente y porque no se justificaban los altos costos que significaba canalizarme y dotarme de embalses para poder utilizarme como vía de comunicación hacia el mar. Pero basta ya de seguir hablando de asuntos románticos  y halagándome la vanidad reafirmándoles estos pasajes de la historia de mi vida, cuando en realidad existen otras cosas trascendentes que prioritariamente deben ser centro de atención de ustedes y de la migase separo este relato en capítulos, apartes o subtítulos para la comodidad de quienes se dignen leerme y así evitarles la incomodidad y el fastidio de una lectura corrida, después de todo soy un río y no un escritor”. Si este libro del Dr. Nicolás Capdevielle hubiese salido hace 30 años, seguramente el Río Yaracuy tendría otra suerte.

Dr Nicolás Capdevielle Peralta

Dr Nicolás Capdevielle Peralta

El autor

Nicolás Enrique Capdevielle Peralta nació en San Felipe el 10 de septiembre de 1927. Estudió primaria en la Escuela “Padre Delgado” y el bachillerato en la Escuela “Yaracuy” y Liceo “Arístides Rojas”. En la Universidad Central de Venezuela obtiene con honores el título de Médico Cirujano el 04 de agosto de 1956. Sensible al dolor ajeno, a los dolores y sufrimientos de la patria, luchó por las libertades pisoteadas por la  dictadura y probó en carne propia los vejámenes y atropellos del régimen pagando condena en la cárcel El Obispo. Ejerce su profesión como Médico Rural en Campo Elías hasta 1957 y en Cocorote hasta 1958. Ingresó al legendario Hospital “Rodríguez Rivero” como médico interno y residente entre 1958 y 1960. Se especializó en la medicina pediátrica lo cual lo lleva hacer curso de Pediatría Clínica y Social en Santiago de Chile. Lo dijo el Dr. Pablo Tirado Reyes: “Luces intensas trae en sus morrales que lo hacen caminar con sabiduría y dedicación los caminos del bien para los niños yaracuyanos”. Fue Jefe del Centro Infantil “María Antonia Bolívar” por 16 años. Fundó y dotó el Servicio de Fototerapia, de un aparato fabricado bajo su dirección, por el equipo de carpinteros del Hospital “Rodríguez Rivero” bajo la conducción de Nicolás Rodríguez en 1970. Fue el pediatra iniciador y organizador de la hidratación oral en la emergencia de dicho centro hospitalario en 1980. En cinco oportunidades fue presidente del Colegio de Médicos de Yaracuy y ocupó entre 1958 y 1959 la presidencia del Concejo Municipal de San Felipe. Estuvo ligado a la actividad cultural y periodística. Fue columnista, humorista, caricaturista y agudo crítico literario y atesorado inteligente de una envidiable biografía. Dejó un exquisito legado literario: Sucedió en 1942, Autobiografía de un Río. Relato Ecológico, Toponimia del San Felipe de Antaño, Biografía de Médicos Yaracuyanos de este Siglo XX, Gobernadores de Yaracuy 1959-1989, Crónicas Costumbristas del San Felipe de Ayer, Placido Daniel Rodríguez Rivero, Biógrafo Biografiado. Murió el 23 de marzo de 1998.

“Mi trabajo trata de sembrar una ética ambientalista de equilibrio, con nuestro golpeado río Yaracuy relatando su drama vita, bajo el amparo del hombre insensato en la naturaleza como un depredador inconsciente y no como un catalizador de equilibrios. Es esta la conciencia que deseamos despertar en el pensamiento y en la acción en los pobladores de la cuenca del Yaracuy. Si lo logramos en alguna medida, estaremos sumamente complacidos…”. (N.C.P.)                                                                                  

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