Cocorote tiene el único santuario de la Madre Teresa de Calcuta

Agnes Gonxha Bojaxhiu, mejor conocida como la Madre Teresa de Calcuta, sembró la semilla de su inconmensurable amor por los desvalidos, en Cocorote

Esteban Velásquez / Fotos: Roibert Muhlemann

Señor, soy tuya: haz de mí lo que quieras…”, expresión que surge como una oración salida del más hondo sentimiento de un ángel convertido en mujer, al caminar sin pausa ni tregua por la senda de Dios, entregada en cuerpo y alma al precepto de hacer el bien por encima de todas las cosas.

Ella, Agnes Gonxha Bojaxhiu, mejor conocida como la madre Teresa de Calcuta, sembró la semilla de su inconmensurable amor por los desvalidos en  Cocorote, hermoso terrón de esta tierra de magia y encanto, “y todo por amor, ya que cuanto más renunciamos a nosotros mismos, más podemos amar”, según anunciara en la alegría de ser embajadora del Señor.

Cocorote tiene el único santuario en el mundo con las pertenecías originales de la Madre Teresa

Cocorote tiene el único santuario en el mundo con las pertenecías originales de la Madre Teresa

Amor y entrega especial

La Madre Teresa de Calcuta es sinónimo de esperanza en la Casa de la Caridad que lleva su nombre, sorprendentemente iluminada de amor y entrega humana demostrada por las hermanas al cuidado permanente de niños, adultos y ancianitos que, de alguna u otra forma, llegan a ese lugar tras sufrir de enfermedades congénitas y degenerativas.

Estos pacientes no sólo reciben el cuidado médico que estas monjitas pueden proporcionarles, sino que el amor y la entrega de estas mujeres tan especiales en todas las fases de la vida diaria de los que están a su cuidado, se ponen de manifiesto, desde bañarlos, limpiarlos, lavarles la ropa, escuchar sus lamentos, calmar su dolor, darles de comer. Con el simple hecho de hacer por ellos todo lo que sus familias no han podido -o querido- hacer.

En medio de un clima frío y un sinfín de necesidades, estas maravillosas mujeres se entregan en cuerpo y alma al cuidado y protección de estas personas desvalidas, quienes llegaron a este mundo sin otra misión que la de mostrarnos que Dios existe y que debemos amar a cada una de sus creaciones, por muy diferentes que sean, por más peligrosas que nos parezcan, porque ellos están con nosotros para hacernos entender que vivir no es sólo respirar, caminar, comer y dormir; vivir es ayudar al prójimo, es compartir su lamento y lograr que alguien olvide su dolor, aunque sea sólo por un momento, hacerlos sonreír y sentir feliz.

Más allá de un cuerpo sin movimiento

En un mundo lleno de odio, de guerras, de amenazas, de muerte, de violencia, de racismo, podemos encontrar una luz de esperanza en la labor de personas como estas monjitas -y todos los que las ayudan de una u otra forma- que dejan su vida de lado para apoyar a otros que no pueden valerse por sí mismos; esos que, a pesar de que no representan un voto en las elecciones ni son parte de una cuota política, necesitan ser tomados en cuenta, no como parte de la sociedad, ni siquiera como a lo que muchos llaman “pueblo”, sino como seres humanos. Es así de sencillo.

Ser humano no significa sólo poder caminar sobre dos extremidades y razonar, ser humano es ver más allá de un cuerpo sin movimiento, de un rostro deforme, de las anomalías y cicatrices que estas personas llevan como una cruz y que no les han permitido ser parte de “nuestra sociedad”; una sociedad que muchas veces mira con desprecio y hasta aprensión, a quien les resulta diferente.

Sacrificio como muestra de amor

Este concepto de sociedad debe cambiar. Muchos hablan de los que son excluidos, mientras que casi todos nos hemos vanagloriado del amor que les podemos profesar a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros amigos a esa persona con quien queremos pasar el resto de nuestras vidas, pero el verdadero amor es ayudar a quien no puede o no tiene las fuerzas para defenderse, para vivir. Sacrificarse para que otros puedan vivir mejor es la mejor muestra de amor. Eso ya lo sabemos.

Según las propias hermanas, su labor es la de velar por estas personas que son “abandonadas por sus familiares, pero nunca por Dios”, porque todos llegan allí después de ser dejados a su suerte, o pasar su vida en diferentes centros asistenciales del país. Pero con los 33 pacientes que atienden actualmente están a su máxima capacidad. El espacio físico no les permite seguir extendiendo su amor y su entrega.

Compromiso y ofrenda familiar

Muchas veces escuchamos sobre familias que están comprometidas con el bienestar de su comunidad, sobre todo, porque su situación económica se los permite. En esta sociedad, en la que muchos quieren copar un espacio en la atención pública con cada actividad que realizan, con cada gesto, es muy difícil -mas no imposible- encontrar ejemplos de caridad y calidad humana para ayudar al prójimo sin exigir ningún tipo de protagonismo.

Tal es el caso de la familia Valenzuela, que por más de 20 años ha ayudado a la Casa de la Caridad, llevándole grandes cantidades de comida, insumos para el aseo personal de las personas que viven allí y para la limpieza general de la casa. Semanalmente, esta colaboración le permite “respirar” a las hermanitas, porque ya saben que tienen cómo atender a sus protegidos.

Esta hermosa causa es un gesto familiar que data de hace más de 20 años, por lo que exaltan la labor de las “Hermanitas de la Caridad” y la importancia de ese recinto, tanto a nivel religioso como turístico, pues fue el primero que fundó la Madre Teresa de Calcuta en persona, en 1965 y que, además, es el único santuario en el mundo en el que existe un museo con las pertenencias originales de la Santa Mujer -como se le conoce-, por lo que considera que estas extraordinarias mujeres y los que colaboran con ellas se merecen las mejores de las atenciones. 

Rosario, hermana de la Caridad

La hermana Rosario ha demostrado su calidad humana desde el día de la instalación de esta Casa de la Caridad -hace más de 45 años- y aún se mantiene como la máxima representación de la orden en Cocorote, puesto que ella fue una huérfana que recorrió gran parte del mundo con la Madre Teresa de Calcuta y se quedó en Yaracuy para perpetuar su obra de amor y de entrega.

La hermana Rosario recorrió gran parte del mundo con la Madre Teresa de Calcuta, y se quedó en Yaracuy para perpetuar su obra de amor y entrega al prójimo

La hermana Rosario recorrió gran parte del mundo con la Madre Teresa de Calcuta, y se quedó en Yaracuy para perpetuar su obra de amor y entrega al prójimo

A pesar de su larga edad, la hermana Rosario se conserva mucha de la ternura que la ha caracterizado y que ha demostrado a lo largo y ancho de su trabajo en esta Casa de la Caridad, donde actualmente entre siete monjitas y seis voluntarios de la comunidad atienden a 33 pacientes que sufren de enfermedades como retardo mental, hidrocefalia, retardo psicomotor y parálisis cerebral, entre otras.

De Maracaibo a Yaracuy

Con una mirada llena de satisfacción y paz, esta monjita nos contó la historia de la pintura de la Madre Teresa de Calcuta que se encuentra en el santuario, sobre cómo llegó hasta allí desde Maracaibo, estado Zulia, cuando la Madre Teresa se le presentaba espiritualmente a la propietaria a diario, diciéndole que ella no quería estar en esa casa sino en su convento.

“Después de preguntar y preguntar, estos señores nos encontraron acá en Cocorote, y nos trajeron esta pintura hace cinco años. Ahora forma parte de nuestro santuario, al igual que la imagen de nuestra Madre, que fue enviada de España, porque ella quería estar en su convento, en su casa, que es ésta”.

Durante más de 40 años, la Madre Teresa de Calcuta ayudó a pobres, enfermos, huérfanos y moribundos, y fue también quien dirigió su congregación en diversos países del mundo hasta pocos meses antes de su muerte.

En 2003 fue beatificada por el Papa Juan Pablo II. En 1979 obtuvo el Premio Nobel de la Paz y en 1980 el presidente Neelam Sanjiva Reddy, en presencia de la Primer Ministro Indira Gandhi, le otorgó uno de los mayores galardones civiles de la India: el premio Bharat Ratna.

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