La obra de teatro Eemarü simboliza el rito de una leyenda

En escena Elsy Loyo refleja la alegría de una historia y la tristeza de un encuentro con pasajes de la leyenda de Gilberto Antolínez

Raúl Freytez / Fotos: Mariela León

El salón de artes escénicos del Teatro Coordinación, en el barrio Punta Brava de San Felipe, ha sido el escenario perfecto para personalizar la obra Eemarü, en un ambiente delicadamente preparado para embrujar los sentidos del público.

Elsy Loyo, es Eemarü... Su voz y ella, provistas de un encanto sin igual, tejen el drama de un mito

Elsy Loyo, es Eemarü… Su voz y ella, provistas de un encanto sin igual, tejen el drama de un mito

En cada presentación, los aplausos retumban en el recinto pleno de afectos. Es el momento cuando surge de la espesura en que se convierte el tablado, la figura de una mujer joven para encarnar el mito, y en esa ocasión “más que la personificación de un papel protagónico, es una experiencia de vida que aún hace palpitar cada fibra de mi ser, con mucho contacto energético por el recuerdo de lo que fueron nuestros ancestros hacia el origen del mito de María Lionza; siempre ha sido y sigue siendo una experiencia viva, de reto constante, de reencuentros con la leyenda de Eemarü”, según expresara Elsy Loyo, quien representa el rol protagónico del monólogo.

En efecto es cuestión de un instante, 45 minutos apenas para revivir el legado, amasar la historia y darle vida, recorriendo esos caminos en las tablas como el escenario ideal que semeja el cuenco de montañas y bejucos trenzados, celaje de velas, crujir de fogón ardiente y rumor de ríos.   

La hermosa doncella encantada…

Todo comienza con un ensayo magistral del coterráneo Gilberto Antolínez, cuando los indios Jirajara-Nívar, en una fiesta de fin de cosecha, recibieron de su gran Piache un doloroso presagio. Decía el mismo que “viniendo los tiempos nacería una doncella, hija de cacique, con los ojos de tan extraño color que, de mirarse en las aguas de la laguna, jamás podría distinguirse las pupilas”. Tan pronto como esta mujer de ojos de agua se viese espejada en alguna parte, por el doble hueco vacío de las niñas de la imagen, iría saliendo una serpiente monstruosa, genio de las aguas, la cual causaría la ruina perpetua y extinción de los Nivar.

Grande fue la aflicción de aquella altiva tribu. Pero pasó el tiempo, y cada vez que nacía una niña, todos los caciques vivían atemorizados hasta que se les anunciaba que, como siempre, la recién nacida tenía los ojos negros.

En escena Elsy Loyo refleja la alegría de una historia y la tristeza de un encuentro con pasajes de la leyenda de Antolínez, entre danzas y cantos envueltos en la neblina de la noche, donde sólo ella y su voz provistas de un encanto sin igual, entretejen el parlamento que develaría el mal tiempo indicado por la profecía. Es, según la crítica, una obra de arte en escena.

Nace la leyenda

Poco antes de la invasión española, un cacique Nívar tuvo una hija con las pupilas de una hermosa tonalidad verde, color de aguamarina, color jade, color de piel de culebra verdegay. Grande fue la estupefacción del cacique. Sus tributarios le exigieron que se les entregase la niña para ser sacrificada al Genio, al Dueño Tutelar de la laguna, la enorme serpiente Anaconda de las aguas. Mas el jefe jamás pudo decidirse a ello. Como pudo se libró de los descontentos, que desde aquel día, comenzaron a formar disensiones dentro de la hasta entonces bien unida tribu Nívar. El jefe decidió recluir a la doncella en un lugar secreto bajo la guarda de veintidós guerreros, veintidós jóvenes guerreros. Allí fue creciendo ella en gracia y hermosura, ganándose la simpatía de todos, pues sus maravillosos ojos de berilo exhalaban destellos encantados. Tenían una belleza fatal y sonámbula, algo de reptilíneo, al destacarse sobre el marco canela de su cara de india. Eran como dos piedras preciosas engastadas en la morena ladera de algún picacho de la montaña de Nívar.

En el escenario, ni el zumbido de un zancudo irrumpe la escena, mientras la historia sigue su curso teatral; en un fogón se cuecen las hojas secas de un árbol desconocido de donde surgiría el aroma de una pócima dulce, cuando Elsy, en la reencarnación de Eemarü, continúa su danza interpretativa, y su voz se cuela clandestina entre el silencioso auditorio: “un mal día, un extraño acometió a los veintidós guardianes, producido por el vaho bucal de la serpiente anaconda de las aguas que clamaba por su víctima anual; la doncella consagrada que a la linfa encantada de la laguneta lanzaban los hechiceros de la tribu. La niña de los ojos de agua salió a tientas, pues sus ojos no se acostumbraban muy bien a la luz libre, hasta que logró sentarse en el borde mismo de la charca sagrada. Estaba el agua quieta con una hierática quietud rebuscada, con una en que ni una ocela abría siquiera su círculo mudo sobre el agua verde. La doncella miró. Veía su cara por primera vez, su gloriosa cara redonda y armoniosa, su boca tentadora, su barbilla soberbia. Pero, ¡ay dolor!, en vez de pupilas solo notaba dos cuévanos profundos, un par de abismos por donde se asomaba el misterio del otro Mundo, de los Dioses Subterráneos y los Muertos”. De inmediato los aplausos alteran el recinto. Se cierra la noche y las luces pierden su brillo solemne.

Eemarü, el camino, es un cálido homenaje a la Reina María Lionza, y a esta tierra donde impera el encanto

Eemarü, el camino, es un cálido homenaje a la Reina María Lionza, y a esta tierra donde impera el encanto

Una señora vestida con un manto azul

Aún hay mucho que decir de la leyenda, y todos, con pocas excepciones, indican que no existe razón alguna para dudar que las montañas de Sorte y Quivayo sean sagradas, lugares donde habita la soberana, la diosa que reina en Yaracuy. Según escribiera Gabriel Jiménez Emán tales lugares son visitados por miles de peregrinos de todo el país y de muchas partes del mundo a rendir culto a María Lionza, nuestra diosa pagana por excelencia. Ella es aborigen y matriarcal, y ha subsistido hasta hoy pese a todas las amenazas y presiones de los gobiernos españoles y republicanos. Para desviar las persecuciones religiosas de los fanáticos europeos, su nombre fue sustituido por el de la Virgen Patrona de la Onza del Prado de Talavera de Nivar.

María Lionza suele representarse como una señora vestida con un manto azul, plumas de colores y joyas, sentada en enormes boas o acompañada de tapires hembras, pumas y jaguares. Cuando pasea por la intrincada selva de Nirgua o Chivacoa, anda en una danta o tapir hembra, que llevan herrados en las ancas signos de petroglifos. La danta es invulnerable a todo tipo de armas e incluso a las oraciones cristianas. Tiene el poder de «petrificar» a la gente mala, a los avaros, a los ladrones y saqueadores…

Pero de esta lado de la realidad, lejos del mito, mientras tanto Elsy Loyo en su dramaturgia nos deja la inquietud de conocer y acercarnos más a Eemarü, excelente obra teatral bajo la dirección de Francisco Salazar, la musicalización de Juan Carlos Marín, la iluminación a cargo de Enrique Fonseca y Elvis González; en apoyo técnico, Lisette Cuicas, Florazul Estanga y Lismar Cuicas, con la producción de Lusvio Ramírez. Eemarü es un encuentro con el sortilegio.  

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