Ramón Urbano: “El hombre pájaro”

Que el mundo sepa de sus hábitos notables, de sus gritos, silbidos, carcajadas y gemidos; de sus incontables recursos de nidificación

William Ojeda García

En lo profundo de la selva, Ramón Antonio Urbano, “El Hombre Pájaro”, mantuvo diálogo fraterno con la naturaleza. Con las aves se entendía en lenguaje lírico, fluido, como pocas personas en el mundo. Nació en San Pablo, Estado Yaracuy el 08 de agosto de 1917. Talla mediana, bien construido con músculos tónicos entrenados; tez mate y trigueña, ojos pequeños y maliciosos algunas veces desviados a profundidades respetables de su yo; pómulos salientes, pelo negro y pupilas oscuras con una fuerza de mezcla equilibrada, de vigilancia interior y de conciencia del tiempo y del espacio que se derivó de una vida que sabe de la naturaleza inclemente y preñada de perfidias, fue grave en él la conciencia de la realidad. Así lo vio su amigo Gilberto Antolínez, paisano de Cocorotico.

Don Ramón Urbano

Ramón Urbano, reconocido como el hombre pájaro, con indios Piaroas en el Amazonas

Desde  niño, Urbano se mantenía por montes de Iboa buscando frutos silvestres, mariposas, aves ó iguanas. Ese contacto lo hizo amante de la naturaleza entregándose a su defensa por el resto de sus días. Se enamoró de una muchacha de Vijagual haciéndola su esposa, Emilia Rosa Pinto, con quien procreó varios hijos: Lilia Rosa, Carmen Elena, Juana Francisca, Ramón Antonio, Lupe Mireya y Rafael Enrique Urbano Pinto. No hubo selva venezolana que no conociera, en todas se internó para estudiar el hábitat de la fauna. Los indios de la amazonia, el Alto Ventuari, riberas del Orinoco, bravo Apure, del Matiyure, Arauca, toda la selva guayanesa, sierra de Perija y los llanos fueron sus aliados en la titánica empresa de investigar las aves. Dominaba expresiones dialectales aborígenes, convivía en ese mundo al que llegó a compenetrarse hasta lo más hondo para entregarle su alma. Antolínez sintió que Urbano llevaba en su corazón a San Pablo: “prefirió andar por un sendero escondido y solitario, pero pleno de realizaciones futuras para la patria, que ir mal acompañado por los bulliciosos caminos de este mundo. Estaba orgulloso de representar dignamente al pueblito de su propia provincia, profundo en sentimientos, que no era ni es de ninguna manera la canallesca y descastada plebe que inunda con su escoria los bajos fondos de las ciudades”.

En el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas,  Sociedad de Ornitología de Venezuela, La Salle, Sociedad de Ciencias Naturales y otras instituciones, lo reconocen como andante investigador. En suelos lejanos de América y Europa escucharon sus experiencias, dejando conocimientos que aprendió al lado de monos, tigres, caimanes, zamuros, “rabipelaos”, pájaros, culebras y toda esa fauna nuestra, para entonces, casi inexplorada. Los aborígenes, sus maestros, estuvieron en su corazón; de ellos aprendió la mejor lección para convertirse en uno de los más destacados ornitólogos latinoamericanos, casi desconocido en su propia tierra. La  Fundación William Phelps, en honor a sus aportes científicos, le puso su nombre a un pájaro venezolano:” Urbano Urbaneja Urbanois”. Y voló, cruzando vientos con sus saberes hacia suelos extraños donde son materia de consulta necesaria. Estudió la fauna del continente sobre la cual escribió. Trabajó al lado de William y Kathy Phelps, entre exploradores e investigadores de primera línea, cuyos resultados resonaron en Estados Unidos y otras naciones. Visitó Cuba, Italia, Francia, Inglaterra, EE.UU y Panamá donde pudieron apreciar sus inquietudes.

Una foto de antología

Oriol Parra, Domingo Aponte, Antonio Torres, Ramon Urbano y Saturno Perez, una foto de antología

San Pablo lo formó para la vida y su vida transcurrió formando a su familia, aprendiendo del paisaje para serle útil a la humanidad. San Felipe lo declaró “Hijo Adoptivo” entregándole Las Llaves de La Ciudad, por su obra inmensa.

Yaracuy y Venezuela están en deuda con este hombre, toda una personalidad para un país que tanto necesita de valores, donde sobran paquetes perpetuados en bronce. Urbano, ciudadano íntegro, honesto, ejemplar… ¡patriota!, como muchos héroes anónimos que la historiográfica muda dejó a muchos sin historia.

La historia de Urbano es la historia viva en la conciencia de su pueblo, cuyos aportes aparecen en páginas de la ciencia, que son páginas de la humanidad. Su nombre sigue vivo para las consultas y referencias de centros de investigaciones del mundo. Escribió versos y poemas dedicados a su tierra, a su gente, a sus pájaros. Su obra está como el colibrí, girando  por todas partes, a la altura de los verdaderos valores.

En la revista La Oruga Luminosa, Gilberto Antolínez, yaracuyano, etnólogo con trabajos fundamentales en el folklore, arqueología, mitología, cultura indígena, y religión, mantuvo encuentros con Urbano. “Venimos, los de este siglo, encenegados en las ciudades, entre hombres y mujeres que solo son sombras de sí mismos, pequeños ante las horas volanderas de sus pequeños egoísmos baladíes, sordos y ciegos ante los grandes ritmos de la naturaleza, lejano a los misterios de las cosas pequeñas, a los joyales esplendentes de Dios. Pero consuela al ver que  todavía hay  algunos fuertes y felices seres que entonan el canto profundo del poeta Whitman y lo honra por obra: “¿Los  golosos Timalcines se divierten? ¿Los dormilones hábitos dormitan? Han cerrado y trancado sus puertas. ¡No importa! Sean para nosotros la dura pitanza y la frazada sobre la tierra”.

Advirtió Antolínez que “hay -silenciosamente- trabajando a nuestra vera, jóvenes que no se contaminan con la frívola inquietud de las ciudades, ni con los oropeles de los  comediantes, ni con la vana sedería de los toreros de turno, ni con el triunfo efímero de los caballos de la trajinada pista, sino tienden su esfuerzo y su mirada, mística y profunda, a la vieja y siempre amorosa naturaleza madre. Allí los encontraréis en su seno silencioso, nutriéndose de antiguas verdades y vibrando en sempiternos ritmos, bien distantes al estremecimiento de las máquinas. Sencillos, nobles, desembarazados de polvaredas “esnobistas”, sienten ellos la divina fluencia vital que surge del ovario de Deméter. Así, Ramón Urbano, joven contemplativo y emprendedor místico saturado de acción, amante de las pequeñas joyas de Dios: de las flores, de las yerbas, de los pájaros. Ramón Urbano, a quien Antolínez presentó en las horas del desnudo egoísmo, “nos está dando un ejemplo memorable de renunciación a todo medro, y de reconocimiento a las fuentes vitales, y de anhelo de comprensión de las cosas desconocidas en Venezuela. Sencillo y sin grandes recursos preparatorios en las ciencias librescas, él se va solo y señero a escudriñar nuestros magnos parajes solitarios; costa, selva, llanada, sierra aspérrima tras del iridiscente plumaje de algún pájaro, tras el cóndor, lleno de otra ciencia primaria de las cosas prístinas, bien distinta de aquella de las aulas metafísicas y la cháchara sana de los charlantes de la forma: ¿Palabras? , ¿Libros hechos con palabras? ¿Qué sois? Nada más que palabras para oír y ver, debéis salir al aire libre en el que elevo mi canto, porque allí debe cantar con la bandera y el pendón flameantes?”.

Ramón Urbano, mensajero de tierras agrestes y desconocidas a las genes de las calles asfaltadas es de San Pablo. Nació, si, en Yaracuy, en esa tierra extraña y extravagante, a ratos amorosa y a ratos malagradecida, en donde así se da un jefe revolucionario como un reformador social, un científico desprendido como un bandido famoso y vengador, un alto poeta y una pléyade de poetas como un anacrónico fundador de nuevas religiones; un jefe de partido como un satírico tullido con la gracia de Quevedo y la mordacidad del abate Scarrón. Yo le conozco desde niño y me lo he topado por esos caminos y no caminos de Venezuela, pues Urbano es a manera de fantasma ubicuo que nos salen al paso en los tiempos más extemporáneos y en las menos previsibles circunstancias y panoramas.

Los pies de Ramón Urbano huellan todas las latitudes y meridianos de Venezuela: la abúlica y desamparada somnolienta de los llanos feraces y renegridas frondosidades de su valle de Yaracuy amado; la costa calurosa y resonante de parches de tambor; las selvas rumorosas de Guayana, estremecida de los ululatos de Canaima; las ríspidas crestas de los Andes, con sus blancas vírgenes de piedra dormidas en la Misintá, con sus campesinos bondadosos y áridos, con sus cellistas inexorables y sus lagunas profundas, sagradas y temibles, con la amenaza del páramo mortal y el rondo son del “chichén” entre sus valles. Por todas esas desamparadas regiones encontraremos a Ramón Urbano, en su azaroso oficio de recolector de pájaros. Ramón Urbano necesita de los pájaros. Que el mundo sepa de sus hábitos notables, de sus gritos, silbidos, carcajadas y gemidos; de sus incontables recursos de nidificación; de su sabiduría inmanente en la preservación de las crías, de la diabólica astucia de los unos, de la mansedumbre inocente de los otros; de la burla sangrienta de los menos, de la garra sangrienta de unos pocos… Él sabe de todas sus excelencias y de todas sus menudas miserias; de la angustia de sus emigraciones y de lo pintoresco de sus encelamientos; de sus enormes beneficios al industrioso-trabajo de los hombres y de los pequeños destrozos que ocasionan unas cuantas especies.

Ramón Urbano

Elena Alvarez de Lugo, Nicolás Ojeda Parra y Ramon Urbano

Para Ramón Urbano las aves son cumplidoras cuidadoras de los planes supra ordinales de la conciencia cósmica, y tiene en su corazón aquella santidad naturalista con que el alto poeta Indostán les grita a los estériles pedantes de las escuelas occidentales: “El alma que se esconde bajo la naturaleza de una lombriz, es tan radiante como la de una princesa real”.

Ramón Urbano muere en Caracas el 03 de junio de 1986. “Por allí andará con su mirada rápida, certera y sagaz, heredada del ancestro aborigen con su pisada cauta e indetenible, con los músculos listos para el salto que ha de lograr para la ciencia del mañana alguna nueva especie escondida a la ignorancia de hoy”.

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