¿Por qué La Mosca?

Subiendo por el callejón observo las casas y pienso en el nombre. La Mosca está en mi corazón

Antonio José Rivero Bustillo

Fotos: Magaly Martínez

¿La Mosca?, ¿por qué La Mosca? La Mosca es el nombre del barrio de San Felipe que me vio nacer en el Yaracuy querido. Estoy ávido de conocer el origen del nombre. Dialogo con los lugares de mi infancia. Veo el empinado callejón, el aire fresco acariciando el amanecer y el colorido de las montañas en las fotografías del recuerdo. Las instantáneas registran el lugar que habito y me habita. La casa estaba rodeada de manzanilla, zábila, llantén, poleo, curía, yerbabuena, malojillo, orégano y cilantro. Frente al porche posaban las flores blanquecinas de aquel pequeño árbol llamado resedá. Su aroma llenaba toda la casa. En el patio había plátano, cambur, topocho y yuca. En la sombra del aguacate se encontraban el graifú, el limón y la naranja. Más allá, el hicaco y la caña. El quinchoncho, plato nuestro de cada día. Cerca de la escuela, en la calle Country Club, jugábamos bajo la lluvia.

Callejón La Mosca

“La Mosca es uno de los barrios más antiguo de San Felipe” (Foto Magaly Martínez)

Subiendo por el callejón observo las casas y pienso en el nombre. La Mosca está en mi corazón. Recuerdo a don Nicolás y su bodega, a la abuela Santiaga cuando me decía que le enseñara los Salmos de la Biblia, a la tía Sarita y las matas de mamón, a la señora Anselma sentada en el frente de su casa. Antes de llegar al Hospital Central de San Felipe “Placido Daniel Rodríguez Rivero” recuerdo que Alberto Ravell “Por los Caminos del Yaracuy” recorrió “las Sabanas de La Mosca”.

Sentí curiosidad- ¡Sabanas de La Mosca!-, la referencia abrió aún más la curiosidad que tengo desde niño por el nombre. Busco a La Mosca y Ella me busca. Es la necesidad del reencuentro con el lugar de nacimiento. Esa avidez me llevo a conversar con Domingo Aponte Barrios- entonces cronista de San Felipe- el 12 de abril de 2011, un mes antes de su despedida eterna. A las 9:14 de la mañana me recibió gratamente en el Centro de Historia del Estado Yaracuy. La conversa fue muy amena. Estaba con el cronista, el maestro, el abuelo. Me dijo que “La Mosca es uno de los barrios más antiguo de San Felipe” y que cuando él tenía 20 años el callejón La Mosca era de tierra y subía por ahí a unos velorios con su hermano Pedro. La pregunta de la infancia no se hizo esperar:

¿Por qué La Mosca tiene ese nombre?

Parsimoniosamente siguió contándome que “La Mosca era una sabana grandísima” y la gente le decía “la sabana de La Mosca”. Me llamó la atención que cuando Aponte Barrios fue alcalde de San Felipe, el primer alcalde electo por elección popular, algunos vecinos le propusieron el cambio del nombre al barrio La Mosca. Frente a tal propuesta dijo:

“Les sugerí que no. Siempre he creído que se debe respetar la tradición de los nombres, porque alguna razón hay. Puede ser de tipo científico, afectivo, popular y eso hay que conservarlo porque ahí están las raíces del pueblo. El barrio lleva el nombre La Mosca, no por lo que algunos creen, que se llama La Mosca porque había una invasión de animales muertos en ese lugar y había muchas moscas. No es por eso. Es porque había muchos insectos por la misma vegetación, por los cerros, los ríos y las quebradas cercanas…”

En ese momento recordé que Eduvigis Bustillo, mi abuelo, el pasado 20 de diciembre de 2008, estando frente al Indio esculpido por Alejandro Colina, en la avenida Yaracuy, señaló con su dedo el cerro La Mosca, diciendo: “Allá está el cerro La Mosca”. Es posible que el barrio deba su nombre al cerro La Mosca. Es otro dato que pudiera explicar el nombre del lugar donde nacimos muchísimos yaracuyanos.

Ya casi terminando la conversación el cronista de San Felipe afirmó que “La Mosca tiene que incluir el Hospital”. Además, señaló que “Los Higuitos y El Cerrito pertenecían a La Mosca”. Cuando bajábamos las escaleras en el Centro de Historia, al despedirse me dijo: “si alguna vez usted va a hacer una investigación sobre La Mosca le agradezco me avise y yo le acompaño. Estoy interesado en eso, a mí siempre me ha llamado la atención La Mosca”.

Siguiendo a La Mosca, recuerdo que el 11 de diciembre de 2010 leí “¡Quién fuera Marimón para desde allá ver el lado claro de mi pueblo!” de Israel Jiménez Emán, en “Siempre Verde”, Edición Cuarto Aniversario de El Diario de Yaracuy. Es que el sanfelipeño puede “…predecir un aguacero al mirar el Marimón, es decir, leer el lenguaje de las nubes en el cielo”. En La Mosca, cada vez que el cielo muestra signos de lluvia, lo primero que hacemos es mirar el Marimón. Todos decimos, sí está oscuro Marimón es porque va a llover. Así, Jiménez Emán observa el Marimón:

“Y es así como veo el cerro Marimón desde el callejón La Mosca: como en una cicatriz voy bajando por La Mosca, mientras el cielo zurcido de musgos se va inclinando cada vez menos para abrirse en el más bello confín en el que reposan los tiernos pechos de aquel valle que nació para ser nube” (…) ¡Quién fuera Marimón para desde allá ver el lado claro de mi pueblo!, soñar con regresar algún día, subir por el callejón La Mosca y seguir derecho por los cerritos llenos de pajonales donde ya ni nortea, hasta que el cansancio me haga buscar el bebedero de las únicas golondrinas que saben por qué este callejón se remonta al revés, porque por El Casabe nunca se sabe”.

Este encuentro poético con La Mosca me reencuentra conmigo mismo. Es un diálogo trascendente con el lugar, con las raíces de un pueblo que resistió el desastre de aquel 04 de julio de 2004, cuando el desbordamiento de la quebrada Guayabal convirtió el callejón La Mosca en un río que se llevó consigo todo lo que consiguió a su paso, incluyendo tres vidas humanas. Este doloroso recuerdo vive en la memoria del barrio.

En la interminable búsqueda del origen del nombre, La Mosca me busca y yo la busco. El pasado 26 de marzo de 2012 Ella me buscó a mí. Ese día oí la conferencia de Freddy Castillo Castellanos, sobre la memoria de San Felipe, en la V Jornada de Investigación y Docencia en Historia y Geografía de Yaracuy, realizada en la capital yaracuyana. Castillo Castellanos inició su cátedra recordando los doscientos años del terremoto que dejo a San Felipe en ruinas, diciendo: “No sé si hemos venido a hablar de la memoria o a escucharla”.

A parir de allí refirió “El hombre y lo divino” de María Zambrano, “Las ruinas circulares” y el poema “Los justos” de Borges. Mientras hablaba, me sorprendió gratamente con la novela “Rastro en el Alba” de Manuel Vicente Tinoco. Sus palabras se incrustaron en la sensibilidad de mi infancia. Con Tinoco se movieron las profundidades de la memoria:

“El nuevo San Felipe no se diferencia sustancialmente de los demás pueblos valleros de Venezuela. Con cinco veces más de largo que de ancho, sus calles son perfectamente rectilíneas. En las de abajo hace mucho calor, pero en las de arriba, vecinas de las sabanas de La Mosca y de las estribaciones de la sierra de Aroa, se respira un aire bastante fresco”.

¡Nuevamente vuelvo a encontrarme con las sabanas de La Mosca!

Que las flores de resedá sigan perfumando el camino de quienes habitamos y nos dejamos habitar por la grandeza de esta tierra. Que ese aire fresco nos acompañe siempre y las familias sigan saliendo al frente de su casa a encontrarse con las estrellas del cielo sanfelipeño.

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