San Felipe soy yo

Nacer en San Felipe, vivir fuera pero sentirla adentro

Laura Elena Jiménez Morales

Y vi por primera vez la luz, me encontraba en San Felipe, naciendo de sus más profundas entrañas. Desde ese entonces conozco sus colores más brillantes. La vida me llevó de este lugar y viví mucho tiempo fuera, sin embargo nunca dejé de sentir su pálpito, el cauce del río murmurando en mis venas, la grandeza del cerro en mi corazón, ese sube y baja de San Felipe que no había en ningún otro sitio.

El poeta Elisio Jiménez Sierra

El poeta Elisio junto a su esposa Narcy, eternamente recordados

Mis tempranos recuerdos de cuando viajaba de oriente hasta acá, un viaje casi infinito para una niña tan impaciente como yo, me regocijaba volver a mi tierra, sentirla mía, olerla y memorizar cada detalle, destapar mis sentidos de esa manera que lo hacía y lo sigue haciendo. Puedo recordar la emoción de la llovizna que nos recibía, el olor a grama mojada y la gama extensa de verdes que atravesaba los ojos.

La alegría de ver a mi prima para jugar a la cocinita con los helechos y la mata de tabasca del patio central de la casa de mi abuela Narcy junto al columpio que nos balanceaba, nos hacía pelear y volar. Las conservas de leche que nos preparaba con tanta mesura. Las hojas blancas que nos regalaba mi abuelo para dibujar y soñar un poco. Mis tías aplicadas limpiando, ordenando, haciendo aquí y allá poniendo todo bonito. Las guitarras de mis tíos que nos hacían bailar y reír hasta el cansancio. La Quinta avenida en su esplendor a las doce del mediodía donde los ruidos se fusionaban con la alegría de las paellas de mi tío Gabriel y el encuentro familiar tan esperado.

Luego venía la parte de la posada, en donde mi abuela Carmen nos esperaba con alegría y mi tía Aída con sus cantos de “niño lindo”, sus collares y perfumes. Todos mis primos emocionados creciendo y cuidándome, metiéndose conmigo, haciendo que me gustara venir cada vez de nuevo a verlos. Mis tíos serenos siempre celebrando. Mis tías alegres peleando e inventando piscinas, viajes e historias. Pasábamos las tardes sintiendo el viento fresco de San Felipe escuchando la máquina de coser de mi abuela, comiendo mangos y ciruelas, bailando entre hilos, agujas, botones y alfileres. Un mundo fantástico que me invadía todas las vacaciones. Una fiesta llena de disfraces, encuentros, emociones meciéndose en el columpio.

Correr, reír, soñar, colorear mi vida en San Felipe

Hasta mis catorce años fui y vine, fui y vine, fui y vine y me quedé. “Nos mudamos a San Felipe hijita”, voz dulce y positiva de mi papá. Aquellas lágrimas dulces que probé mientras que me despedía de mis amigas y sentía el recibimiento de las aguas, los atardeceres y el verdor de San Felipe, la ciudad morena. Mi familia con los brazos abiertos y las caras brillantes de felicidad. Dudas de adolescente, preguntas y un poco de ansiedad, estaba emocionada de empezar a vivir esta aventura que sigo viviendo.

Empieza mi vida aquí, el ritmo de los sonidos nuevos, los pájaros en la ventana, el olor a rocío, los árboles grandotes, la casa junto al río. Y entonces conocí la libertad, la libertad de vivir y sentir, de alimentar  mis ojos con cada cosa que veía aquí, me sentí como en una casa inmensa en donde podía correr, reír, gritar, soñar, colorear mi vida. El colegio fue lo máximo, un vaivén de emociones escapadas, conocer la ilusión del primer novio, las amigas, los pleitos, las malas notas y yo sentada en el medio, alucinando de la felicidad, encajando como pieza en un rompecabezas gigante.

Y así empezaron a pasar los días en la casa chiquita llena de flores y cuadros, mi papá trabajando como pez en el agua en su (y ahora nuestra) UNEY querida, mi mamá periodisteando y mi hermanito jugando fútbol con sus amiguitos frente a la casa. Musa y sus sonrisas, admirando todo desde su mundo, queriéndonos y uniéndonos cada vez más.

Y fui creciendo, fui descubriendo a San Felipe, fui descubriéndome y desnudándome poco a poco frente a ella, hasta encontrarme embriagada por los excesos de sus noches y abrazada por sus amaneceres divinos, en aquellas noches en las que no dormía. Noches de murciélagos y ruidos, en las que el viento me susurra cuentos maravillosos y me da el ímpetu para amanecer de nuevo. Y venía el sol a tocarme y arrullada por los acordes del río Yurubí, Yurubí y sus melódicas guaruras me despertaban despierta, me redespertaban, me redespiertan aún…me reviven el alma cada vez que amanezco en esta ciudad llena de magia, color y pasión.

Todavía, todavía, todavía…

Y todavía te siento San Felipe. Y todavía te vivo, te conozco como mi casa, todo sigue estando en su lugar, todo sigue teniendo tu magia envolvente. Todavía mi abuela vive en la casa grande de la Quinta avenida con el patio central en donde jugaba a la cocinita. Todavía llueve en las tardes cuando mi abuela Carmen cose y cose. Todavía nos invade la poesía interminable de mi abuelo y su silencio infinito. Todavía suenan las guitarras de mis tíos. Todavía huelo los perfumes de las casas de mi gente y la grama mojada. Todos los días me baño aquí como si fuera el río que me bañara, como si cada día me bautizara y me hiciera más sanfelipeña.

Todavía te sueño. Todavía sueño en las noches oscuras. Cada noche y cada mañana algo grande entra en mi cuarto para así verme a la cara en el espejo y ver a San Felipe dentro de mí. San Felipe soy yo. Todavía empiezo y termino los días como si estuviera naciendo y muriendo. Gracias San Felipe por hacerme. Todavía San Felipe y todavía yo.

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