San Felipe, pañuelo de cuatro esquinas

Muchos han venido y se han quedado por algo que los llama

William Ojeda García

Las tonalidades verdes que vigilan la ciudad, es algo que llama poderosamente la atención a quienes la visitan y viven en ella. San Felipe tiene algo mágico que nos llena. Uno queda alucinado por la belleza de sus cerros, montañas y los hilos de agua naturales que aún sobreviven tratando de bañar sus valles para madurar cosechas de esperanzas.

Son impresionantes esos colores con mezclas de aromas que se asoman como acuarela para cautivarnos. Matices heroicos dándole luz a criaturas que se mueven abriendo una ventana al pasado, un sendero hacia la historia. Pueden revelar tantas cosas esa frágil red de vida, que se siente como el tronco donde se sostiene la ciudad. El medio ambiente característico ha hecho posible la evolución de la ciudad a partir de ellos. Han ayudado a construir sociedades y esto nos permite examinar el papel que estos recursos han desempeñado a lo largo de la historia de San Felipe.

San Felipe, hacia el encuentro de su pasado

San Felipe, hacia el encuentro de su pasado

¿Por qué esos verdes preciosos se conjugan en armonía para darle tanta belleza a esta tierra?, se preguntó un caraqueño que permaneció varios días en San Felipe junto a su familia alejado de las moles de concreto y el bullicio de la capital, donde pareciera que el conticinio no existe. Y al meterse por los montes aledaños averiguando cuentos y mitos parroquiales, se sorprendió con la espesura de la vegetación que aún vive entre el canto de sus pájaros con las neblinas del alba que descansan sobre copos de cerros mirando las aguas que deslizan desde arriba en gotas de vida. Y se fue hasta San Felipe “El Fuerte” con la presencia repleta de historia, donde Mercedita Salom le habló de su epopeya mientras miraba las barbas del bosque en manto cubriendo retazos de ladrillos que aún guardan sentimientos simpáticos de lo que fue aquella urbe colonial. Se dio cuenta que la ciudad tiene clase de grandeza. Su historia lo demuestra. Muchos han venido y se han quedado por algo que los llama. Y la ciudad siempre tiene mucho que entregarles. Y los que venimos de su embrión estamos agradecidos por la generosidad en el dar que esta tierra nos concede. Se vive la realidad geográfica y humana de ella, se aspira su aliento que su flora nos ofrece a cada momento de donde salen los vientos que braman para oxigenarnos la vida.

Más abajo, en la confluencia de la historia, están los restos de lo que fue una llama de esperanzas; muros que están suspendidos en polvo sobre piedras que aún laten y tienen algo que nos hace estar presente en su corazón para nunca dejarla. Esos rasgos del pasado es lo que justifica nuestra presencia de hoy. Se levantó después del insólito traqueteo de la tierra que la quiso borrar a la hora nona de los santos oficios en la oración por Jesús. Y allí está el barro hecho muro que nos habla de su proeza; nos dice que hoy más que nunca San Felipe tiene su reciedumbre en la gallardía de su gente.

Y esos restos no son desperdicios del destino, ni fue la de una arquitectura pretenciosa donde funcionaban las minorías herméticas. Siempre fue pujante, aguerrida, abierta en cuatro esquinas. El fenómeno telúrico que la atacó durante la conmemoración del sacrificio del padre eterno, no se llevó todo. Quedó la fuerza de un pueblo como renacida de su Nazareno. Quedó su naturaleza con la belleza en cuadros mágicos que aún conmueven nuestros sentimientos y están frente a nosotros despertando sus días. Y quedó su historia y la otra, y las otras que comenzó a escribirse desde allí.

Todo eso le pertenece a la humanidad. Con todo lo que ha podido soportar, la ciudad apretadita entre montañas en la inmensidad del Valle de las Damas, sigue bella. Pero más linda es para quienes se han atrevido reconstruirla a su modo. Tiene las virtudes que nos faltan, nos corresponde continuar, ampliar y profundizar las luchas para colocarla en el sitial merecido. Y eso se ve en el rostro de su pueblo. En todo el municipio hay hombros arrimados para abrir alamedas en medio de su valle florido que sigue siendo verde, entre matices inimaginables aunque con un río languideciendo tratando abrazarse al mar de Golfo Triste, que sigue siendo azul. Lucha recogida en su suelo materno, afirmativa en sus pasos para despojarse de infamias. Sigue andante buscando el futuro hacia la gran fiesta triunfal de sus conquistas. Porque en su gente hay conciencia que parece un motor dinamizador por consolidar sus derechos. Y lo hace tratando de ganar  espacios, reconstruyendo cosas de mayor significación para su vida. Recuerdo nítidamente al maestro Santiago Pol al observar lienzos de algunos artistas plásticos yaracuyanos en el museo “Carmelo Fernández” cuando dijo: “…la luz yaracuyana será acaso la causa de tanto ojo agudo, o que tantos verdes juntos nos subyacen de tal forma  que los lienzos son inundados de luz y verdes enceguecedores”.

San Felipe, como todo Yaracuy, mantiene los encantos de su naturaleza. Por eso hay románticos empedernidos que nos hablan de la ciudad, de sus montañas como la gran flor de sus sueños. Unos se la pasan escribiendo cosas con números y fechas cronológicas reconstruyendo episodios, otros la dibujan y la retratan desde todos los ángulos. Los poetas y cronistas le dan trascendencia con sus expresiones y hasta el común que anda por sus plazas, calles y  campos retando cerros en romance con sus ríos, tratan de recuperarla en la memoria de mil maneras. Y la descubren desde la historia, con su corazón, con la poesía y la palabra reforzando sus vínculos con la tierra amada.

Cuando uno ve esos enormes árboles que se mueven con bocanadas de vientos y cuelgan en ramas la vida que nos ofrece, es el mismo viento que sopla por las esquinas de la ciudad. Diversidad natural que se mezcla entre sí para purificarnos, diciéndonos que sí es posible vivir en armonía. Que una ciudad puede edificarse, reconstruirse, con su propia carga ética hasta rescatar principios erosionados que  afectan sus valores. Esa flora, como los muros de la tragedia en su silencio, murmuran que sí podemos ser solidarios para que no se siembre en nosotros la indiferencia de afectos convirtiéndonos en individuos moralmente débiles. Cuando uno ve los árboles en plazas, parques, avenidas o en algún solar, se aprende a querer más lo nuestro.

El bosque del Yurubí

El bosque que circunda el río Yurubí, luce verde como la gema convertida en la ciudad de San Felipe

Ese tesoro natural nos dice que la unión tan necesitada es posible para que crezcamos frondosos como esos árboles, para que seamos mejores padres, buenos hijos, hermanos, excelentes compañeros y compañeras de vida, respetuosos amigos, vecinos solidarios e inigualables ciudadanos. Si logramos entendernos como se entienden los bosques, si logramos hacer el intento para encontrarnos como lo hacen las aguas de los ríos, podemos valorar nuestra firmeza afectiva y evitar profundos vacíos que pudieran enfermarnos.

Así como debemos defender el medio ambiente a toda costa para que nuestra ciudad y todo Yaracuy se vean siempre relucientes, hermosos con vida y carácter construyendo un grato destino, también podemos fortalecer las cosas buenas y útiles que aún permanecen en pie. Todo ello es importante, es algo nuestro por lo que vale la pena luchar.

Ya lo dijo el recordado maestro Fernando Ramírez, que por los cuatro vientos de San Felipe pervive como gesta de esperanza la policromía del paisaje que envuelve su alma con tonalidades expresivas que revelan su pureza de pueblo. “Como un pañuelo de cuatro esquinas abierto a los puntos cardinales. Un pañuelo de colores vivos con punticos de bucares, con olor de espiga nueva en el perfume del aire. Un pañuelo rayado en cañamelares, como una pintura abstracta se recrea retozando va recortando brisas las plumas de los turpiales. Es un pañuelo extendido en el paisaje. Es un escudo en la Venezuela heráldica, tiene los colores que simbolizan la Patria en el relieve floral de su sencilla botánica. Es un pañuelo abierto a las cuatro esquinas  para recoger el cielo, cuándo se venga hacia abajo en una lluvia de estrellas”.

Ese paisaje exuberante bañado por las aguas en gotas de milagros, albergan una inmensa diversidad de recursos que le dan vida a la ciudad por generaciones. Allí hay memorias. Hay historia. Y está la vida silvestre de San Felipe que ha soportado consecuencias indeseables de la turbulencia de codiciosos con almas vacías que nunca se preocuparon por devolverle el debido valor a ese patrimonio de todos. Pueden que haya esperanzadores compromisos para defender esa belleza de colores que animan la ciudad, pero lo que se dice debería tener coherencia con la acción, cosa que raras veces se da. La lucha por defender los valores de la naturaleza sanfelipeña, como un derecho eminentemente humano, debe ser incesante frente a la turba vampiresa que nunca falta atacando ese tesoro que nos  brinda posibilidades para una vida mejor.

Debemos enfrentar esas cadenas de agresiones para que siempre la ciudad se vea hermosa. Debemos comprender a la naturaleza para armonizarnos con ella y no dominarla y manipularla a nombre de un tal desarrollo como se ha hecho con pueblos fundados a través de la política. Y ello debe estar aunado al fortalecimiento de la conciencia moral del servicio público para que todo esfuerzo por un propósito tan noble como ese, tenga sentido. Si algo no sucede con ese intento, la vida de la ciudad se irá en hilachas. Y los libros volverán a abrirse para reescribir la historia, la otra historia. Parafraseando al Dalai Lama, dice que el hombre puede elegir entre dos posibles acciones: una consumidora y devastadora, y otra conservadora y fecundante la cual pertenece al campo de las decisiones morales.

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