Después de la lluvia

Fue un día nublado ése cuando las aguas bajaron revueltas

Magditere Chirinos

San Felipe, a ratos se me parece más a un riachuelo de luces convertido en acuarela de tornasoles verdes. Y así lo reconoce el viajero y quienes le habitan. Cuando pases por un lugar donde la lluvia es casi perpetua, ése es Yaracuy. Así es, y quizá por eso de alguna manera nosotros podemos ser considerados como la gente de agua, sobre todo en San Felipe por el agüita que cae del cielo en rocío perenne. Pero aquel domingo cuatro de Julio de 2004 fue diferente. La escarcha se convirtió en torrente para cambiar la vida de los habitantes del barrio Los Higuitos o El Cerrito de San Felipe, como también se le conoce, arriba en el callejón La Mosca.

El Cerrito de San Felipe

Foto tomada del trabajo “El Cerrito de San Felipe. Crónicas del 4 de julio de 2004” de Antonio Rivero Bustillo

Desde muy temprano comenzó a llover y los vecinos corrieron a refugiarse en sus casas del torrencial aguacero. Luego de seis horas de un chaparrón inagotable, se produjo la creciente que sorprendió a los habitantes de la ciudad de San Felipe. Media hora después y luego de un inmenso ruido ocasionado por la creciente, comenzó a bajar un aluvión de agua, lodo, árboles, muebles, carros, piedras y sillas. Fueron minutos de terror y confusión para los pobladores del sector Los Higuitos, pues aunque muchos lograron bajar a tiempo, otros fueron menos afortunados, arrastrados entre el lodo y las piedras.

Mariana, que en ese momento se encontraba en su casa con los niños, sufrió un ataque de pánico que le estremeció todo el cuerpo por el ruido ocasionado por la corriente enlodada, sin siquiera imaginarse que desde el cerro corría furioso aguas abajo un torrente de lodo producido por el desbordamiento de la quebrada Los Higuitos que pasa cerca de su casa, arriba en lo más alto de la ciudad, cerca del Batallón de Cazadores José Antonio Páez.

En vano trató de llamar por teléfono, pero las líneas estaban caídas por lo que decidió quedarse en su casa a esperar que la creciente amainara en su paso devastador. La corriente tumbó casas y todo lo que  encontraba a su paso, bajando como caballo desbocado por el callejón La Mosca, tapiando varias casas, entre ellas las de Ana Rosa y Roxmar, quienes vivían allí íngrimas con el solo recuerdo de su madre; el lodo inundó toda la casa, la puerta principal quedó tapiada, por lo que decidieron saltar la pared y pedir ayuda a los vecinos, pero en ese instante todos estaban inmersos en el caos, desconcertados, adoloridos, apesadumbrados, aterrorizados. Los niños lloraban y las mujeres gritaban mientras que los vecinos trataban de ayudar a los afectados por el sorprendente desbordamiento.

El agua brava no detuvo su furia atropelladora, y con aterrorizante rapidez siguió su cauce cubriendo de lodo y piedras las avenidas Yaracuy en su parte baja, la Patria y la calle 13. Los vecinos, aquellos cuyas viviendas no sucumbieron al paso del deslave, en sus hogares hacían lo propio por conservar las pocas pertenencias, mientras hombres y mujeres corrían de un lado a otro, golpeando con desesperación las puertas de las casas que aún no habían sido tocadas por la inundación, gritando a viva voz que desde el cerro se aproximaba algo terrible.

A pesar del aviso voceado a gritos por los vecinos, la corriente arrastró a tres personas, entre ellos una menor que también falleció como consecuencia del torrencial chaparrón. Muchas familias lo perdieron todo con el único alivio de haber salvado la vida, con una esperanza de reconstruir un nuevo hogar para los más afectados; fue una nueva oportunidad que les dio el destino. A pesar de la desgracia, sin lugar a dudas, Dios los acompañó en esa tragedia.

Cercana las 4 de la tarde, Magaly se encontraba sentada en el porche de su casa en la calle 13, y vio con asombro cómo iba bajando a raudales el lodo entre atronadores ruidos del entrechocar de troncos y piedras, calle abajo, mientras pensaba luchar contra el espeso barro para llegar a su carro que había estacionado frente a la casa para evitar que se lo llevara la corriente. Y de repente se vio dentro del carro, que como cosa de milagro logró mover para evitar que lo arrastrara la crecida. No sabía qué estaba pasando hasta que escuchó la noticia en la televisora regional que se había desbordado la quebrada que pasa por lo más alto de la ciudad.

Aún llovía a cántaros. No dejó de llover sino al atardecer, y esa noche la mayoría de los afectados se mantuvieron despiertos por el temor de ser arrastrados por las aguas en la madrugada, y poco a poco fueron llegando los funcionarios de Defensa Civil y Bomberos para prestar ayuda a los damnificados, en el lugar que podría decirse fue un Vargas chiquito, como lo titularon muchos periódicos en aquella oportunidad.

Al día siguiente todos amanecieron consternados por lo sucedido, cansados de sacar tanto lodo y remover los escombros que quedaron en sus casas y en las calles. Fue un día nublado ése cuando las aguas bajaron revueltas, que habría de convertirse en luto activo, pero también de mucha meditación por parte de los afectados, pues construir casas a la vera de una quebrada es, definitivamente, un grave error. Y así amaneció el lunes, en una ciudad desierta de risas y alegría, sino colmada de tragedia, muerte y desolación. El 6 de Julio salió el sol muy temprano como de costumbre, mientras los damnificados fueron llevados a un refugio en la ciudad deportiva con la promesa de hacerles nuevas casas.

Ahora cada vez que llueve sin parar por varias horas, los habitantes de este sector evocan recuerdos con dolor de la tragedia vivida ese 4 de Julio, porque ellos vivieron una pesadilla, en el espejismo que viene después de la lluvia.

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