Santiago Brito, el popular “Pavo relleno”

Santiago Brito se paseaba por el Barrio Zumuco con su pesada carga de ilusiones discordes

Raúl Freytez

Foto: Archivo personal de William Ojeda García

En cada recoveco de San Felipe hay una historia para contar de personajes importantes, notables todos a su paso por las calles de nuestro pueblo, que intentamos reconciliar con nuestras tradiciones porque aunque algunos de ellos pasaron como leve brisa, dejaron la huella de sus pasos inolvidables.

Uno de estos personajes dejó un recuerdo imborrable hacia el año de 1966, y aunque su aspecto fue sumamente humilde, formaba parte de la cofradía de “locos buenos” y otros personajes que recorrían de un lado a otro esas calles estrechas del viejo San Felipe, como bien lo ilustró Horacio Elorza en su libro reciente “El San Felipe de ayer”, donde retrató con sus letras al viejo José Gregorio Alvarado “quien era un hombre fornido, de una estatura considerable y más buena gente que´l carrizo (…)”, pero tenía un grave defecto, que cuando se pasaba de tragos cambiaba drásticamente a un estado ofensivo a más no poder, tal como cuando decía a viva voz: ¡Pele pa miáselo!, aparte de una carretada de groserías impublicables, “insultando a todo aquel que se le atravesara”. Pero no es este el personaje de quien deseo hablarles.

El popular Pavo Relleno

Santiago Brito, tan fornido como buena gente, el popular Pavo Relleno

Horacio también nos habló del popular “Valoís”, alto como una mapora, el mismo que jamás pudo pronunciar la “S” pues la convertía en “Ch”, por lo que en vez de sol, decía Chol, y de ahí la expresión “A buen cholacho”, que le trajo malos entendidos y peores momentos. Horacio nos recordó a “La mediecito” (Emma), con su eterno radio portátil pegado a la oreja, mientras pedía un mediecito (Bs. 0,25) que la muchachada mal intencionada le entregaba para que ella mostrara sus partes pudendas al levantarse la falda. Y así nos paseó por el kiosco de “Chompa” (Crisanto Mendoza); “El Tremendísimo” (José Peralta); “El Turpial” (Domingo Montesinos); “El Culeco” (Miguel Padilla) y el siempre bien recordado Juan Rubén (Juan Rubén Badel), incansable perifoneador y pregonero por la 5ta. Avenida.

Pero de tantos personajes populares, uno de ellos quedó grabado en mis recuerdos, al que burlonamente le bautizamos como “Pavo relleno”; era buena gente, pues que se haya sabido no bebía, pero sí “mascaba” tabaco y chimó y la particularidad era su manera de vestir, pues mientras recorría las calles de San Felipe, de vez en cuando pedía ropa vieja en algunas casas del Barrio Zumuco -donde le conocí-  y de inmediato se las canchaba, una tras otra, forrando su de por sí corpulento cuerpo, haciéndole ver más gordo de lo que realmente era. Y así pasaba sonriente por la avenida 8, frente a la casa-oficina de Correos de Venezuela, donde vivía la familia Pulido y los Freytez Quiñonez, al lado en la casa número 8. Pues bien, desde allí veía a “Pavo relleno” cuando se sentaba bajo el mango detrás de la Iglesia Matriz de San Felipe, a hablar consigo mismo mientras las manos gesticulaban sus propias respuestas.

Pavo relleno era enemigo de pasar cerca a los postes o bajo tendido eléctrico, pues le daba la “chiripiolca” y quedaba de pie pero paralizado, firme con los ojos idos, hasta que al rato “alguien del más allá” le bajaba la cuchilla y entonces seguía su paso errante. No era raro verlo abrazado a un poste de electricidad y quizás por eso entre su tumulto de ropa solía enrollarse algunos flejes, supuestamente para evitar los fugaces ataques eléctricos.

Santiago Brito iba de barrio en barrio con su carga de ilusiones discordes, forrado en trapos sucios de viejos casimires, escondiendo quién sabe qué en ese abultado embalaje de telas, entregado al descuido, de calle en calle, paseando su genio y figura bajo el sol de San Felipe en un ir y venir sin sentido para ver y dejarse ver entre chispazos de ofensas impertinentes, porque apenas los zagaletones coreaban ¡Pavo relleno, Pavo relleno, Pavo relleno!, medio escondidos en los zaguanes y esquinas, el pobre Brito no tenía más remedio que lanzarles piedras o mentarles la madre entre escupitajos de chimó, manoteando el aire a su paso iracundo para descargar la furia que tan igual de rápido llegaba, como igual de veloz se disipaba, para proseguir calle arriba o calle abajo con su carga de sueños desorganizados.

Hoy solo queda el recuerdo de esos personajes que de alguna manera marcaron nuestras vidas por sus ocurrencias o por haber formado parte del gran mural de nuestras existencias. Por las calles de San Felipe otras personas están escribiendo su propia historia ante nuestros ojos, algunos, y otros entremezclados en la pequeña selva de concreto en que se ha convertido la capital, entre el humo pestilente y ruido incesante del tránsito vehicular que colma cada espacio de la ciudad.

Ante esta breve crónica recuerdo unas frases del profesor Domingo Aponte Barrios, de las muchas veces que conversé con él, que transcribo por la relevancia que tienen: “Porque cuando dejemos de hablar de lo nuestro y de escribir nuestra pequeña historia, se nos irá la juventud detrás de los recuerdos y al final del viaje sólo quedará la duda y surgirán las leyendas lejos de los pasos de la historia”. Gran verdad.

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