La vieja casa de los abuelos

Para extasiarse con el recuerdo del San Felipe de ayer

Linda López

La casa de los abuelos se erigía como los árboles, enraizada, elevada en un gesto empinado cargado de significado que hoy nos recuerda nuestro lugar en el universo, lazo entre la tierra y el cielo.

A toda hora la casa de los abuelos era visitada por muchachos del pueblo, por vecinos de la barriada. Se colmaba de risas, de guitarras, de quejidos por quienes buscaban aliento y consuelo para su enfermedad y de la brisa venida de Marimón, vigilante eterno del Valle de las Damas y compañero de las lluvias del pueblo.

Dr. Luis Felipe Ortega Pérez

Dr. Luis Felipe Ortega Pérez, el médico de los pobres y necesitados

Para que todos entraran, la casa de los abuelos, contaba con apenas una puerta, un zaguán y una entrepuerta; al lado de ésta última, a la derecha, se encontraba el pequeño consultorio médico del abuelo, la clínica, que aunque estaba muy lejos de serlo, así le decían, y en el pequeño zaguán se apostaban unas pocas sillas de cuero para los dolientes. 

Al abuelo Luis Felipe Ortega Pérez, la gente de la pequeña ciudad lo llamaba “el médico del pueblo”, “el Docto”. Ha sido convertido por muchos de los pobladores de la localidad y más allá de ésta, en lugares donde ejerció su profesión, en un santo,”…se le atribuyen “milagros” y en su tumba -en San Felipe- hay decenas de placas alusivas, de suerte que es bien llamado “Siervo de Dios”, como el doctor José Gregorio Hernández.” (Cruz Ramón Galíndez). “El Docto” era médico y farmaceuta, un galeno de alta sensibilidad social al servicio de los desposeídos, ejerció su profesión con abnegación filantrópica, era generoso, caritativo, bondadoso, le gustaba entre otras cosas la música que llevaba atada a su cuerpo delgado, desgarbado y en sus pupilas profundas como la llanura grabada en ellas a lo largo de sus viajes, “…descendiente por la rama de los Carreño, de nada más que de Cayetano Carreño y Simón (Carreño) Rodríguez, hijos expósitos y de Manuel Carreño (padre de la pianista Teresa Carreño)” así lo señala Cruz Ramón Galíndez en una edición del periódico Cada Mes del año 2006.

Había otra puerta, la diminuta, esa que servía para entrar en casa la leña con la que la abuela Dolores sabía al dedillo el arte de preparar suculentos platos de comida aderezados con dulzura y con la imaginación que da la pobreza. Vivió sus años de niñez y juventud en el poblado de Temerla en la hacienda Las Peñas, llamada así por su construcción de piedras. Era hija de misia Beatriz Ortega de Hernández y de Don José María Hernández, ambos venidos del otro lado del mundo, de la isla de Tenerife. Dolores, la abuela, era pequeña de estatura y grande de carácter, de cabellos castaños, pocos y al hombro; inteligente, analítica, callada, de ojos aguarapados y amante de la lectura entre sus preferencias las de Vargas Vila.

Ella, la abuela, no solo sabía el arte de la cocina sino el de tener siempre puestos los cinco sentidos en la casa y en la familia para enfrentar grandes retos y no dejarse llevar por tantos convencionalismos sociales de la época reinante.

Dolores Hernández de Ortega

Dolores Hernández de Ortega, la abnegada esposa de un médico de pueblo

Por eso vino a estas tierras casada ya, desde el Pao, con dos niños pequeños, un sobrino del “Docto”, Pacifico Marvez Ortega de casi 15 años, en una carreta vieja tirada por una mula, tras decirle al abuelo “allá tú si quieres quedarte para que se te mueran los demás hijos”. Así llego a Cojedes (Tinaquillo), a Carabobo (Miranda) y poco después a Yaracuy (Nirgua, Chivacoa y San Felipe). Así se casó con él años antes, desobedeciendo órdenes de su padre porque no era “bien visto casarse con un hombre que tenía dos hijos de una anterior relación amorosa y menos de una india”. Asimismo, mantuvo su noviazgo a escondidas. Veía y hablaba con el abuelo, todas las tardecitas tras retirar un bloque de adobe de la pared divisoria de los patios, el de la casa de la prima hermana Domitila a quien le decían “tilita”y el de la única casa de citas que existía para entonces en Miranda, donde se apostaba mi abuelo a esperar la hora del encuentro con permiso de las mujeres del lugar.

Se casaron. Ella con un vestido largo, bellamente bordado y con un velo blanco prestados por su prima “tilita” y él con un flux negro, ancho y usado, con corbata y sombrero. Ese día la pequeña capilla de Miranda estuvo adornada de cayenas, las calles polvorientas se iluminaron de ensueño al paso de los novios y las aves danzaron de tanta aurora, tanto es así, que una de ellas revoloteó por el recinto sagrado durante la ceremonia, trayendo las bendiciones del cielo. Justamente este hecho es recordado y contado, aún hoy, en la familia.

Años más tarde, en la ciudad sanfelipeña, los abuelos compraron su casa. Para vestirla de alegría solo era necesario pintarla con un saquito de apenas diez kilos de polvo de asbestina disuelta en agua, las brochas hechas de palo de escoba y cabuya deshilachada en las manos de los hijos y sus corazones palpitantes de tanta ternura, la entereza de la abuela Dolores a toda prueba y la “buenura” del abuelo Luis Felipe, quien no sabía negarse a nadie que acudiera a solicitar sus servicios. Le bastaba decir “Dios proveerá Dolores”, cuando llegaba sin dinero y mediaba algún reclamo, porque su paga la iba repartiendo antes de alcanzar la casa a los necesitados. Y, verdaderamente Dios siempre proveyó. A veces gallinas, otras veces huevos, yuca, plátanos y muchos comestibles más.

La casa de los abuelos unas veces se vestía del verde de las montañas que abrazan el valle, otras se engalanaba de azul cielo y algunas pocas veces brillaba de amarillo. Estaba ubicada en la calle Ayacucho, actualmente, calle 11 con la Avenida Juan José de Maya, hoy 8va. Avenida de la ciudad de San Felipe, metrópoli enclavada en las faldas del Cerro Chimborazo, perteneciente a la Sierra de Aroa y refrescada por las aguas cristalinas del Rio Yurubí.

En un amarillento recorte de una página del periódico Yaracuy al Día del año 1962, hoy enmarcado y guindado en una pared alta y blanca de la sala de mi casa, tras andar por allí trastabillando conmigo de mudanza en mudanza, aparece un escrito: “Un medico llamado Ortega Pérez” del poeta Manuel Rodríguez Cárdenas quien en su columna “El Ferrocarril de las hormigas”, reseña sobre la vida del abuelo y su casa que:“…Vestía fluses de dril mal abrochados, andaba siempre a pie, vivía en el Barrio Caja de Agua, donde los perros se encaraman sobre las tapias para asustar a las gallinas….le gustaba la música, por eso nosotros, los muchachos de entonces andábamos entre caballos y sonoros guitarrones, le llevábamos serenatas a su pequeña casita, muchas veces…Dos bolívares cobraba por la consulta, si había con qué pagarle. Que si no había se conformaba con tomar una taza de café y echar una parrafada, una pierna sobre la otra, en las sillas de cuero del corredor”. Entre los amigos que señala Manuel Rodríguez Cárdenas estaban su padre Don Antonio, Polanco, Don Luis Azuaje, Rosalbo Bortone, Don Lesme Pérez, Guillermo Roldán y Carlos Emán, entre otros.

En el pequeño espacio de unos pocos metros cuadrados, se habían ido construyendo poco a poco en los corredores en forma de “L” y de tejas a media agua, los cuartos, la salita, la cocina y el consultorio (la clínica). Con las manos de la oficiosa abuela se construyó los bastidores de madera y con papel duro o cartón la estructura interna, pegándolas con harina de almidón para ser forradas, primero con tela regalada y después recubiertas con algo parecido al papel tapiz. Así quedaron levantados los llamados tabiques para las divisiones que conformarían las habitaciones. Al fondo de la casa en el lugar más sombrío se encontraba la cocina ahumada de leña, con tres topias, un pilón, un molino y las ollas que reflejaban su brillo al ser fregadas con las propias cenizas del fogón.

Con el trascurrir del tiempo, en el centro de los dos largos correderos, se habían ido tejiendo las ramas de las matas de greifrut, crotos, y trinitarias amarillas, rojas y anaranjadas, dando lugar a una especie de caney colorido, podado con gran esmero por la parte de abajo respetando siempre los nidos de los cristofué, de los arrendajos y de otras aves que venían a deleitar con sus trinos a los visitantes y habitantes de la casa.

Hablando de aves, la abuela Dolores tenía esa sabiduría que le regalan las anécdotas y los dichos recogidos de la gente del pueblo. Todos ellos los usaba como una sentencia. Contaba, por ejemplo, que estando en las Minas, después de venirse del Pao por allí en 1918, escuchó a una mujer del pueblo llamar la atención a su pequeña niña que se mojaba y mojaba en el riachuelo de aguas cristalinas de la Mina “mirá, que te vas a enfermá”, “mirá que te vas a enfermá”, le repetía, de improviso hizo su aparición una periquera que se bañó libremente en el pozo e inmediatamente levantaron vuelo y siguieron su viaje. Tras ver este espectáculo, la pequeña, un poco medio escondida y con palabras entrecortadas murmuraba: “ah mundo, quién fuera perico pa’ no tené mamá”. Es el caso, que por años la abuela recordó esta anécdota y la empleaba de manera oportuna cuando de libertad se trataba.

Bajo los colores verdes, amarillos, rojos y anaranjados, conjugados bajo el prisma de los rayos del sol de la tarde, los muchachos del barrio y otros amigos de la casa de los abuelos entre quienes se encontraban Manuel Rodríguez Cárdenas, Rodríguez LLamoza, Alfonso Bortone Goitia, Alejandro Otero Silva, Víctor Giménez Landínez y Raúl Domínguez, entre ellos se daban cita no solo a los “picoteos” o reuniones sociales sino a tertulias políticas, a leer, a jugar, a cantar, tocar guitarra, conocer la clave Morse a través de un pequeño manualito; aprender inglés con unos pequeños discos para la vieja vitrola, entre otras actividades. Corrían para ese entonces los años oscuros de la dictadura de Pérez Jiménez.

Bien lo señaló Antonio María Sequera, el 22 de Mayo de 1985, en el diario capitalino, tras la desaparición, casi simultánea, de dos de los hijos de los abuelos, Alberto y Luis Felipe Ortega: “La casa de los Ortega Hernández, fue para nosotros jóvenes de entonces, centro de recreación, ateneo en donde se discutieron con gran calor temas de palpitante interés para la vida social, política y cultural de la región, aun cuando no se conocía en nosotros el llamado pluralismo ideológico, vivíamos en los movimientos iniciales, casi clandestinos donde nos agrupábamos en las distintas tendencias que más tarde llegaron a consolidar las estructuras de la organización de los paridos de la democracia venezolana. Se verificaban reuniones sociales de gran camaradería y nos congregábamos en ambientes de fiesta, con las muchachas que asistían con puntualidad y con su belleza, hermosura y gran espiritualidad daban la impresión de un conjunto en el cual predominaba la comprensión, el respeto y la admiración”.

La casa de los abuelos, aparte del área construida, poseía un terreno en el que estaba el caney colorido con un patio amplio donde se podía jugar bolas criollas; una mesa para el ajedrez, espacios para la práctica de beisbol, la garrocha, trapecios o cualquier otra actividad deportiva o cultural que se ocurriere hacer a los hijos o a los amigos de la familia, bajo el beneplácito de los abuelos.

La particularidad notable de la localidad sanfelipeña que llamó la atención a la abuela y que fuere el motivo para adquirir la casa, era la pendiente de las avenidas y calles por donde las aguas de lluvia corrían como caballos desbocados desde la parte alta de la ciudad, dejándolas limpiecitas. Al percibir esto la abuela Dolores tan solo dijo estas palabras: “aquí me quedo porque no se me morirán más hijos”.

Es que los abuelos habían perdido en la Mina dos hijos Rafael Alberto y Cira, intoxicados con una especie de caraotas silvestres (tapiramas) y en la ciudad llanera del Pao, a Alí a quien llamaban el rey porque era blanquito, morocho de Alberto (el negro), fallecido por la gripe “española” o “la económica” denominada así por la gente del pueblo porque “dizque no daba tiempo para ir a las boticas por los medicamentos de la cura”, señalaba “el docto”.

La muerte del “rey”, la abuela la atribuía a dos razones la primera a que los llamados Alí tenían mala suerte y ponía como ejemplo que “Alí Augusto, el hijo del General Juan Vicente Gómez, había muerto durante la epidemia de gripe española en 1918”, e igualmente señalaba otros tres o cuatro casos más de los llamados Alí. La otra razón era que en la zona llanera donde vivían se estancaban las aguas de lluvias y ríos pululando zancudos y todo tipo de  plagas. Por eso se vino en la carreta con su mula y con sus hijos vivos desde el llano. Meses más tarde el abuelo corría tras ella y el amor. Ese amor sentenciado en la parte posterior de una de las pocas fotos que se hizo cuando se graduó de médico en  El Colegio Nacional para Varones de Carabobo, hoy Universidad de Carabobo, (1904) que ofrenda: “A quien más que a ti Dolores te puedo dedicar esta foto con este amor para siempre aun después de la muerte”. Los abuelos hoy reposan juntos, en el cementerio municipal de San Felipe. Sus cuerpos se han fusionado con el pasar del tiempo y con ese amor decretado años antes.

Ciertamente, esta fue la razón principal para que la abuela comprara en 1928 la casita a María Mujica, catalogada por muchas personas como una de las primeras mujeres comunistas del pueblo, quizás por la afinidad de sus hijos, entre ellos,  Héctor y Carlos José (el Chino Mujica), a ese movimiento político naciente en la época. De lo que sí estoy segura es que Zulima, una de las nietas de María Mujica, contaba que la Seguridad Nacional, por allí en esos años, no dejaba de visitarlos en su casa ubicada a una cuadra de la de los abuelos, en la 7ma. Avenida entre calles 11 y 12, en busca de sus tíos y de propaganda política: En cada “visita”, “rompían los colchones y cuantas cosas se les atravesaba a su paso”, decía.

La adquisición de la casita se debió entonces a la tenacidad de la abuela Dolores, más no a la decisión del abuelo, a quien no le preocupaba este tipo de cosas, sino subir y bajar los cerros y las calles curando los enfermos del pueblo. La abuela formalizó la compra, claro con la firma de autorización del abuelo, requisito indispensable establecido en el Código Civil vigente de la época, según reza en el documento protocolizado que reposa en el Registro Público, bajo el número 20 folios 14 vto. y 15 frente, protocolo primero del cuarto trimestre. La inversión de este inmueble fue de apenas 1.200 Bolívares, provenientes de la venta de unas propiedades de la abuela, heredadas de sus padres: un terreno llamado la “Mina” y la casa “Emperatriz” situadas en Miranda del estado Carabobo. Al frente quedaba la primera gruta erigida a la Virgen de Lourdes donde hoy está ubicado el Edificio Rental, la cual fue demolida y edificada nuevamente en la Calle 13 con Av. 8. 

El abuelo y la abuela caminaban desde su casa a misa en las tardecitas y en su paseo cotidiano llegaban primero a la Bella Nápoles, un conjunto de varias viviendas de construcción nueva para la época, grisáceas que fueron ejecutadas durante el gobierno gomecista, ubicadas en la parte trasera de la Catedral de San Felipe donde hoy se encuentra el Edificio de la Curia Diocesana, en la Avenida Caracas con Avenida 8.

Como todo católico, los abuelos mantenían su hogar lleno de fe pero con ciertas ideas menos conservadoras para el entonces, como es el caso, que durante su estadía en la ciudad de Nirgua (1941) y haciendo los consabidos preparativos de la primera comunión de dos de sus hijas, unas señoras de familias notables se les acercaron un día a preguntar: “Doctor Ortega, ¿por qué permite usted que las niñas se reúnan con gente de segunda y de tercera?”, tal cual fue la interrogante que dejó sorprendido al abuelo, quien les contestó de manera parca como también sabía hacerlo, a pesar de su dulzura: “Ajá…díganme ustedes señoras ¿y quién las clasificó? A pesar de que sucedieran hechos como estos, ellos, los abuelos, siempre consideraron la casa como un templo lleno de significados y sin distinciones sociales, ni económicas, ni políticas y afirmaban que hasta la “cueva de Belén fue una verdadera casa, un verdadero sitio para el hombre, el albergue, el lugar de resguardo que habitó la familia”.

La casa de los abuelos como muchas otras casas pudo ser más o menos armoniosa, más o menos bonita, creada con material más o menos precioso pero era habitable. Aparte de su utilidad por excelencia: resguardo necesario y fundamental para la familia, también fue el espacio de reposo, de quietud, de comunión desde donde se transmitieron de generación en generación, las creencias, valores, opiniones, costumbres, historias que han dado un sentido de identidad a la familia -así lo escribí en la Crónica dedicada a mi tía María Cristina en el 2012-. “La casa es una casa por quien la habita no por su arquitectura”, expresión acertada de alguien a quien en este momento no recuerdo.

De la casa de los abuelos han heredado los hijos, los nietos, los bisnietosy hasta los tataranietos el amor a la casa, al templo, al resguardo de la familia. Desaparecida ya su arquitectura se mantiene viva la casa de los abuelos en los corazones de la familia.

En las nuevas casas se han ido reproduciendo las pocas y viejas fotografías en blanco y negro de los abuelos Luis Felipe y Dolores, colocadas en portarretratos que adornan las salas, los corredores o las paredes. Con orgullo se repiten sus enseñanzas, los dichos, las anécdotas y sus palabras recogidas durante años. De generación en generación se ha heredado también la inquieta alma viajera de “El Docto” y el temple y la tenacidad de la abuela Dolores al tomar decisiones importantes. Se ha procurado enseñar a los hijos, nietos, bisnietos y tataranietos, a jugar ajedrez, a las bolas criollas, a disfrutar de los ríos y de las aguas de lluvia y de los paseos por los caminos a las montañas del pueblo, a recordar las llanuras que trajo en los ojos “el Docto” y el sabor a plenitud de las comidas hechas a leña por la abuela; a escuchar el violín regalado a la tía Carmen, porque la música sigue siendo parte del amanecer de la familia. Extasiarse con el recuerdo alojado en la memoria y en los ojos de las tías del despertar del sol y de la luna con sus cuatro estaciones que alumbraron las pequeñas ventanitas de madera que daban a la calle 11.

En los jardines se continúan sembrando crotos, cayenas y trinitarias y en los patios hay matas de greifrut, como si todavía se habitara la casa de los abuelos. Hoy, las nuevas generaciones, afirman como lo hiciera Fred Robie cuando le preguntaron cómo le había resultado su casa: “Para mí, mi casa es el mejor lugar del mundo”.

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