Cimarrón Andresote, primer azote del rey de España

Rebelde y astuto capitán contrabandista

Raúl Freytez

Las leyendas suelen aparecer y florecer como un rumor, aún y cuando provengan de un origen cierto, y es en el camino cuando se nutren de variadas versiones por la imaginación de quienes la han ido escuchando de generación en generación. Son ese cúmulo de historias fantásticas impregnadas de secretos, encanto y fantasía, donde uno ignora cuándo comienza la ficción y dónde desaparece la realidad. De ahí la importancia de destacar algunos apuntes históricos que nos acercarán a esta realidad legendaria protagonizada por Andrés López del Rosario, por haberse constituido en el primer alzamiento antimonopolista en la historia de Venezuela, antes de entrar en detalles sobre algunos aspectos resaltantes del personaje de leyenda que habría de ser conocido como el Cimarrón de Yaracuy, amparado en las investigaciones realizadas en el Centro de Historia, el libro Aguas Lejanas y a los valiosos apuntes del profesor Domingo Aponte Barrios, 5to. Cronista de la ciudad de San Felipe.

El río Yaracuy

El río Yaracuy culebrea sinuoso por el valle, regando vida verde a su paso (Foto Raúl Freytez)

Cerritos de Cocorote

Tal como registra la historia regional, los pobladores del lugar conocido como Cerritos de Cocorote, sufrieron serias calamidades por las diferencias existentes con las autoridades de Barquisimeto quienes una y otra vez echaron por tierra las ansias de este pueblo por surgir como hombres libres en tierra soberana, sobre todo en los terrenos que recién adquirieran en 1699 a don Juan Francisco Manpalao y Soler.

La multitud de quejas tomó impulso no solamente por parte de los habitantes de los Cerritos, sino también de las autoridades y personajes influyentes que arrepentidos de su falta de solidaridad, finalmente elevaron su voz de protesta ante las instancias de la Corte de Madrid obteniendo finalmente el consentimiento de habitar en sana paz el lugar tantas veces cuestionado por las autoridades de la Nueva Segovia a través del consentimiento del Rey Felipe V, en Real Cédula fechada en Sevilla el 6 de Noviembre de 1729, transformando al Cerrito de Cocorote en ciudad, desligados definitivamente del constante hostigamiento del Ayuntamiento barquisimetano.

El Gobernador don Sebastián García de Torres puso en ejecución la Orden Real organizando el primer ayuntamiento el 15 de octubre de 1730, conjuntamente con sus autoridades eclesiásticas. Pero fue el 1ero. de Mayo cuando se bautizó definitivamente como la ciudad de San Felipe “El Fuerte”, consagrado tal día por el Santoral Católico como San Felipe y Santiago, siendo de igual forma onomástico del monarca español, dispensándole el pueblo este honor a quien les otorgara la emancipación de la Nueva Segovia de Barquisimeto.

Esta vez los pobladores decidieron edificar sus viviendas a una legua del asentamiento original y la naciente ciudad recobró parte de su tranquilidad dedicándose a los oficios de la tierra que floreció rápidamente en aspectos agrarios por lo que iniciaron un intercambio comercial continuo con la ciudad de Caracas, provincia que mantenía relaciones comerciales con las poblaciones más retiradas de sus dominios geográficos por medio de una empresa monopolizadora del comercio con ésta: la Real Compañía Guipuzcoana.

Lucro a costa de la clase desposeída

Muy bien les fue a estos trabajadores del campo, gente voluntariosa e incansable que supieron aprovechar la oportunidad que se les presentó como fundadores de la ciudad que recién estrenaban, haciendo producir la tierra con abundancia de cacao, aguacates, café, tabaco, maíz, onoto, naranjas, caña de azúcar, plátano, cambures, limones y algodón, hecho que revelan varios autores, entre ellos Ramón Díaz, quienes llegaron a decir que con la explotación del cacao, Venezuela se convirtió en “el más próspero dominio agrícola que España tuvo en América”. Por estas razones los productores entraron en conversaciones directas con los vascos encargados de la Guipuzcoana, la cual se estableció en 1728 en los puertos claves de la provincia de Venezuela: Maracaibo, Puerto Cabello, la Guaira y Cumaná, mediante convenio con la corona española por la necesidad de combatir el contrabando en las costas, al tiempo de mantener el monopolio de la estructura colonial sistematizada por España, aunque su fuerte fue la trata de esclavos que le suministraba a los hacendados por vía legal al igual que la compra de productos a bajos precios que luego vendía a precios exorbitantes en el viejo continente y en el Caribe, mientras que adquirían productos en Europa a precios razonables y luego los ofrecían a un alto costo en Venezuela, lucrándose a costillas de los productores del campo y la clase desposeída.

Surge el cimarrón Andresote

Con la monopolización del comercio, sólo la factoría podía comerciar libremente con España y la trata de esclavos se produjo a instancias de los mismos parceleros y encomenderos que observaban la disminución de sus cosechas por el poco provecho que obtenían de sus esclavos indios, hecho que resultó un negocio redondo para las arcas del rey a raíz de los permisos que concediera a distintas banderas extranjeras, cuyas embarcaciones atracaban en las costas de África retornando al Nuevo Mundo repletas de mercancía humana.

El esclavo negro, de fuerte constitución física, fue el instrumento ideal para las faenas del campo al punto que la corriente esclavista se propagó de una manera sistemática en esta parte del mundo como factor de esfuerzo, pero maltratado de un modo cruel, siempre bajo el yugo del látigo y el temor, concebidos sólo como prenda particular de sus amos con el derecho de vida y muerte sobre sus cabezas.

El zambo Andresote

El zambo Andresote, baquiano en las corrientes del río Yaracuy

Y si una risible minoría de estos esclavos ocultaba el calvario, una tormenta de inigualables dimensiones se desarrollaba en sus almas, por lo que muchos decidieron romper sus cadenas aunque en ello les fuera la vida. A estos negros alzados se les tildaba de cimarrones.

De modo que lo que al principio fue del agrado general comenzó a tomar matices de oposición, toda vez que los vizcaínos tenían la potestad de fijar los precios de acuerdo a su conveniencia, impidiendo las ganancias apropiadas a quienes en verdad trabajaban la tierra, no pudiendo éstos ni vender ni comprar libremente sin antes negociar con la factoría, iniciándose de esta forma un enfrentamiento entre la Real Compañía y los productores locales, quienes se consideraban afectados por las medidas impuestas, al punto de impedir el comercio directo con barcos ingleses e incluso al trato comercial directo con la misma España. Y fue tal el descontento que se generalizó de un modo insoportable provocando estallidos insurgentes, siendo uno de los más reconocidos el que protagonizara el audaz zambo valenciano Andrés López del Rosario, mejor conocido como el cimarrón Andresote.

Del odio de estas cimarroneras muy bien supo aprovecharse Andresote, sublevando los cumbes enmarcados en los territorios comprendidos entre los ríos Tocuyo, Aroa y Yaracuy, encabezando una revuelta contra las autoridades de la Guipuzcoana, alentado por numerosos sectores adversos a la factoría, donde los hacendados, los mismos habitantes y los contrabandistas holandeses e ingleses, tuvieron una activa participación en el complot contra el gobierno español. Y entonces el río Yaracuy se convirtió en el principal escenario de la rebelión del zambo Andresote, baquiano en las corrientes de esta vía fluvial, capitaneando sus cuadrillas de indios, mestizos, mulatos y negros cimarrones, armados de picas y machetes.

Sin embargo, el proceso de lucha de clases desatado por Andresote demostró con el transcurrir del tiempo que el objetivo estratégico de su movimiento tenía un alto contenido social, desde luego que muy lejos de ser apoyado por los esclavistas criollos y holandeses, pues los rebeldes cimarrones finalmente lograron de algún modo romper las cadenas de la infernal tiranía, aunque tuvieron que seguir soportando durante muchos años el látigo lacerante en sus lomos para lograr su independencia total.

Se busca vivo o muerto

El gobernador y capitán general de la provincia de Venezuela Sebastián García de La Torre, mueve desde Caracas las órdenes oficiales y envía a Luis López de Altamirano a combatir al zambo cimarrón, luego lo seguirían Luis Lovera, Juan Romualdo de Guevara y otros, pero ninguno de estos componentes armados pudo darle caza porque éste se burlaba de las autoridades en cada asalto dejando muy mal parada a la guardia costera, mientras seguía manteniendo estrecho contacto con los holandeses a quienes les vendía sus cargas.

No pudiendo dar con el esquivo cimarrón, los gobernantes españoles ofrecieron 600 pesos de recompensa a quien entregara la cabeza del garañón, ordenando pasar por las armas a los cimarrones capturados, y confiscar los bienes de los vecinos colaboradores.

Mientras tanto, por las trochas del ancho valle, el río Yaracuy sintió en el ondulante espinazo de sus aguas el bamboleo de las canoas repletas de los cimarrones de Aroa, Alpargatón, Urama y Morón siguiendo las órdenes del zambo Andresote, a quien en poco tiempo los soldados de la Guipuzcoana le aplicaron el remoquete de Bemba e’ Trueno, por las constantes bravatas que éste les profería de una a otra banda del río.

El primer azote del Rey

Hoy el rumor del viento nos hace recordar cuando las aguas del Yaracuy mecían la canoa del fiero zambo, capitaneando su tosca pandilla siempre alertas con sus carabinas al deshojar las orillas de las cómplices y oscuras aguas, río abajo, rumbo al Golfo Triste del Mar Caribe.

El poder económico de la Corona se vio afectado y durante muchos años este cimarrón se convirtió en el primer azote del monarca español, y aunque nunca más se supo de su existencia, dejó el fiero arrebato de los cimarrones de Yaracuy tras desaparecer cual fantasma, alborotando toda una región convulsionada por las hazañas de la tosca tropa a su mando, quizás porque huyó hacia la isla de Santo Domingo, o a otra isla cercana a las costas, haciendo que muchos de sus seguidores lograran escapar también de las fuerzas realistas tras internarse en los bosques cercanos a las riberas de los ríos Yaracuy y Taría, libres como querían vivir sin más amo que el roce del viento en sus rostros.

Andresote, con su pelo enchurruscado, su carabina al hombro y su chafarote al cinto, seguirá remando hacia el infinito entre espejismos de lejanías perpetuas, complacido con su cargamento de mitos rumbo al mar, desapareciendo entre las espumosas olas de la leyenda.

 

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