El zanjón de Blasina

Recogedor de las aguas y los escombros del pueblo de San Felipe

Por: Hugo Álvarez Pifano

Fotos: Magaly Martínez

Todos los pueblos de Venezuela suelen tener un zanjón, generalmente es el vertedero de las aguas de lluvia cuando se encuentra en la parte baja de su silueta urbana, en otros casos funge de botadero de basuras y escombros, para este fin suele estar ubicado en cualquier lugar.

Hoy tan sólo hay algunos rastros de lo que fue el célebre recogedor de aguas abajo

Hoy tan sólo hay algunos rastros de lo que fue el célebre recogedor de aguas abajo

Por supuesto que San Felipe no podía escapar a esta regla de oro cincelada en cortantes aristas: cada pueblo con su zanjón. San Felipe tenía el Zanjón de Blasina, con la doble función de conducir las aguas y aceptar con una resignación de siglos todas las basuras que producía el poblacho. A su entrada se encontraba un cartel que rezaba: “Prohibido votar animales muertos en este sitio” El autor del aviso era un artesano maravilloso, que pintaba carteles, flechas de tránsito en el pavimento, propaganda comercial y, como si fuera poco, cocinaba unos espléndidos sancochos de gallina: Juan Aular.

En una oportunidad le dije, ese cartelón no tiene sentido, cómo puede alguien botar un animal vivo, quién no se sentiría feliz de que en la puerta de su casa botaran un cerdo bien cebado o una docena de gallinas ponedoras o para exagerar, una vaca lechera capaz de producir ocho litros diarios. Lo correcto sería decir: “Prohibido votar podredumbres” Entonces Juan me contestó: -a mí la palabra podredumbre no me gusta, me produce acatarramiento en mi pincel, me quedo con mi aviso como está, y así se quedó.

Para la chiquillería de los años 50 el Zanjón de Blasina tenía un atractivo muy especial, el que genera los sitios de miedo, poblados de sombras donde se ocultan fantasmas, apariciones y espantos, de manera que a la salida de la escuela, en las tardes, nos reuníamos un grupo de 5 o 7 muchachos y por la ladera de las aguas bajábamos al interior de su misterioso vientre. Entonces, ante nuestra mirada se nos abría un amplio espacio, era la parte más baja de San Felipe llamada Valle Hondo, allí fue construido el pueblo anterior al actual San Felipe, destruido totalmente por el terremoto de 1812 y abandonado por sus pobladores que marcharon a tierras más altas.

Allí quedó el viejo cementerio con las tumbas de los fundadores de la villa, las ruinas de casas coloniales de los ricos con los entierros de morocotas, que en las noches brillaban a la luz de la luna y la más grande entre todas estas tétricas atracciones infantiles: el rancho de la negra Blasina, una pobre mujer que vivía completamente sola en ese zanjón, cerca del botadero de basura, en compañía de todos los espantos y criaturas horrendas que merodeaban el lugar, nunca la llegamos a ver, ella tenía la habilidad de huir de la mirada de los niños. Para nosotros, la peor pesadilla imaginable era acostarnos en la seguridad del hogar y despertar a la media noche en el Zanjón de Blasina.

Pero, nuestras fantasías de niño no terminaban en Valle Hondo, más allá hacia el sur se extiende Uadabacoa, el nombre primigenio del viejo Yaracuy, la región de mayor fuerza mágica de toda Venezuela, que se tiende sobre sus dos valles sembrados de aldehuelas, caseríos y villorrios, entre serrijones, picachos y arroyuelos. En esos valles vivieron los jirajaras y los caquetíos, hijos que los caribes fueron dejando a su paso hacia las tierras de occidente. Nicolás Federmann, el conquistador alemán de la barba roja, llamó a esa región “el valle de las damas” porqué allí vio sonreír a las mujeres más bellas. Ahí mismo, más adelante, los españoles fundaron a Nirgua que se llamó originalmente “Nuestra Señora de las Victorias del Prado de Talavera”, un nombre que es por si solo todo un poema. El Yaracuy es un hervidero de historias, mitos y leyendas: de María Lionza, completamente desnuda, con su larga cabellera de azabache y sus ojos verdes y enigmáticos; del sambo Andresote, con su inmenso torso de bronce, desaparecido con los primeros rayos de luz en una aurora de libertad; y de Faustino Parra, quien según dicen tenía todo negro, hasta la mala intención. También por allí pasó con su corte de abalorios el Rey Miguel de Minas de Buría, que constituye con los dos antes nombrados el tercer negro de la enigmática baraja del Yaracuy. Entre todas estas historias, los niños de San Felipe bajábamos al Zanjón de Blasina, puerta de entrada de este incomparable universo de mitos y leyendas, a buscar lo que no se nos había perdido y nunca se nos escapó de las manos: nuestras raíces yaracuyanas.

Para finalizar, tengo una deuda con mis lectores, el Zanjón de Blasina ya no existe, en su lugar un relleno sanitario dio paso a la construcción de viviendas, así mismo, la ciudad de San Felipe tiene un moderno sistema de recolección de aguas, alcantarillados e instalaciones adecuadas para los vertederos de aguas servidas y de basura. Ningún niño de la moderna metrópolis ha escuchado hablar de su existencia, el viejo pueblo ha pasado a ser una moderna ciudad -por supuesto sin su zanjón- de él ni siquiera quedó el recuerdo, pero tal vez en algún olvidado rincón de la memoria, se tenga conciencia de que en cualquier lugar de Venezuela, existen todavía humildes mujeres como la negra Blasina, condenadas a vivir en la miseria, cerca de los botaderos de basura, como hace sesenta años la trataron de ver los ojos inocentes de unos 5 o 7 niños, asombrados ante el misterio, la oscuridad y la grandeza de un zanjón, perdido en el interior de una pobre provincia venezolana.

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