El día en que San Felipe “El Fuerte” quedó en ruinas

Lcdo. Raúl Freytez

Cronista Oficial de San Felipe

Un parque de singular belleza se acrecienta imponente en un espacio donde el verdor se entronizó para cobijar las ruinas de lo que fuera una floreciente población colonial.

Sus primeros habitantes la llamaron “Cerritos de Cocorote”, cuando fundaran el lugar en marzo de 1725, y aunque para muchos significaba quizás una aldea sin nombre, por saberlo “asimilado” a una región ubicada apenas a una legua de distancia del poblado de doctrina nombrado San Jerónimo de Cocorote, la mayoría se empeñó en hacerlo florecer en aspectos de agricultura y los más porfiados, decididos a imponerle el título de ciudad, afrontando el ensañamiento del que fueran victimas por parte de las autoridades de la Nueva Segovia de Barquisimeto.

Estas ruinas de identidad pregonan su lozanía aún a través del tiempo (Foto Raúl Freytez)

Estas ruinas de identidad pregonan su lozanía aún a través del tiempo (Foto Raúl Freytez)

Tres veces fue destruido el pueblo y tres veces fue reconstruido por la vecindad, hasta que al fin lograron adquirir las tierras de Don Juan Francisco de Mampalao y Soler, en 1699, por solicitud de Fray Marcelino de San Vicente, para alcanzar finalmente el título de Ciudad de San Felipe “El Fuerte”, por Real Cédula expedida en Sevilla el 06 de noviembre de 1729, emancipada ya de la población de San Jerónimo, distinguida así en deferencia al monarca español.

Luego, por disposición del Gobernador Don Sebastián de la Torre, el 18 de octubre de 1730, se designó el primer Ayuntamiento el 1º de mayo de 1731, que de acuerdo al santoral romano, era el día del Apóstol Felipe, quedando de este modo como el Patrón espiritual de la naciente ciudad.

La guerra contra España

Año de 1812, y en los caminos de Venezuela, sobre todo en los Llanos, Centro y Oriente, muchas de sus poblaciones fueron virtualmente arrasadas por el paso catastrófico de la guerra, y la tierra en vez de sembradíos, cobijaba los despojos de soldados y civiles por igual, mientras que el poco ganado existente era arriado por las tropas para su propio sustento. La guerra contra España se recrudecía y era ineludible el enfrentamiento a un ejército forjado en guerras anteriores, y para colmo con adiestramiento especializado contra el inexperto grupo de soldados obligados a luchar por la causa independentista.

Aparte de esta calamidad, el país se encontraba necesitado de enormes recursos económicos y era ya muy conocido que entre el Generalísimo Francisco de Miranda y varios oficiales existían marcadas diferencias de criterio, desmoronándose la Primera República entre el recuerdo de los vítores del 5 de Julio de 1811, cuando Venezuela proclamara su independencia de España.

Estos acontecimientos no pasaron inadvertidos por los habitantes de San Felipe, porque el Cabildo nirgüeño, afecto a las filas republicanas, evadió las insinuaciones realistas de los ediles valencianos y varios ciudadanos de Yaritagua y San Felipe, en las personas de José Joaquín Salvador Freytez, Alcalde Primero del Ayuntamiento sanfelipeño, el presbítero don Salvador Delgado y el Párroco Juan José de Maya, entre muchos voluntariosos vecinos, se habían sumado activamente a la causa liberadora. San Felipe “El Fuerte” para entonces contaba “…con unas siete mil almas…”, y sus pobladores disfrutaban orgullosos del floreciente comercio y productiva agricultura, desentendidos de la reciente ocupación de Carora por las tropas realistas de Monteverde.

Por todos lados cundía la ola de motines propendiendo al saqueo y al escarnio de los patriotas, a raíz de lo cual se inicia un resquebrajamiento moral, produciéndose continuas deserciones del lado republicano.

Los acontecimientos

Bajo estas circunstancias, las poblaciones que no habían entrado directamente a la guerra se aprestaban a festejar el Jueves Santo para rogar al Todopoderoso por el restablecimiento de la paz. Tal como aquella bucólica aldea de pequeños ranchos que ahora lucía ataviada de orgullosas casas de amplios ventanales y gruesas paredes blanqueadas con agua de cal, en armoniosa arquitectura con las espaciosas calles incrustadas de piedras y baldosas.

Pero ese día el cielo de San Felipe brillaba con destellos rosáceos y el sol apenas bañaba de luz las altas paredes de la hermosa Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación, cuya feligresía participaba entusiasmada en los oficios litúrgicos del pastor de almas.

Hacia las 4 y 7 minutos de la tarde, en cuestión de segundos, las aves negaron sus preciosas melodías enmudeciendo también el canto de las chicharras, mientras los perros con los ojos extraviados por el miedo buscaban refugio en lastimeros aullidos, corriendo hacia las afueras del poblado.

Una ráfaga de viento sacudió con furia el polvo de la Calle Real y algunos ramajes soltaron sus hojas escapando con la rabiosa ventolera. De pronto, un rugido tenebroso y desconocido plenó el ambiente entre gritos desesperados, y un gruñido sordo, ahuecado y profundo intensificaba el temor imperante sacudiéndolo todo violenta y espantosamente; cientos de vecinos salieron despavoridos de sus casas chocando unos con los otros entre el tumulto, mientras la tierra gemía mortalmente herida en su intimidad.

Los más creyentes saltaban entre los escombros buscando el amparo del templo para implorar entre plegarias y llantos, suplicando al Dios que por ese instante parecía desampararlos. Para entonces todo era confusión y sobresalto, y tan sólo se atinaba a correr sin rumbo tratando de salvar sus vidas. Unos minutos más y las pesadas paredes de las casas antañonas y el Convento de los Capuchinos cedieron al telúrico movimiento.

En la Plaza del Águila los ladrillos se desprendían como si cobraran vida, y se abrieron profundas grietas en la fuente pública dejando escapar el preciado líquido. Entre el polvo y el crujir de las empedradas calles, se escuchó el traquetear del templo al venirse abajo estrepitosamente el pesado techo de cañas y tejas por el resquebrajamiento de sus columnas octogonales, opacando el llanto, oraciones y lamentos de quienes la ocuparan. Algunos huyeron hacia las afueras de la ciudad a cielo abierto, y cuando todo pasó, sólo el polvo revestía los sombríos escombros de muerte.

Cenizas de Ave Fénix

Apagados lamentos se dejaron escuchar a ratos vistiendo de luto esa tarde del 26 de Marzo de 1812 y bajo la aglomeración de ladrillos, piedras y árboles caídos, yacía la hermosa ciudad de San Felipe, que en el lapso de segundo se había convertido en un osario de almas, donde hasta el mismísimo dolor escondía el rostro adolorido también de su desgracia.

Entre las brozas de lo que fuera una tibia ciudad el viandante pregunta con voz de melancolía: San Felipe, ¿Qué eres hoy a los ojos del viajero? ¿Tus templos, dónde están?, Tus torres, ¿dónde?. El genio de las ruinas nos responde con lamentable voz: Todo se hundió…!

La Dama de la Guadañas conquistó Valle Hondo, y en sus predios ya no hay calles, ni floridos jardines; todo es un amasijo de polvo, piedras y angustia. Y los pájaros que antes alegraban la lozanía de los samanes, jabillos y cedros, ahora vuelan alto, tan alto como les permiten sus alas huyendo del estruendoso bramido de la naturaleza que con su furor dejaba en ruinas al San Felipe que nunca más será.

Mientras los adoloridos supervivientes lloraban a sus muertos, también Venezuela estaba de duelo. Muchas de sus poblaciones habían padecido las aterradoras sacudidas sísmicas afectando sensiblemente las ciudades de Caracas, Valencia, La Guaira, Barquisimeto y San Carlos, contándose por millares las pérdidas humanas.

Y para colmo de males, aún los pobladores del martirizado San Felipe tendrían que soportar nuevos tormentos, pues, luego del sacudón devastador, el cielo se cubrió de oscuras nubes y un torrencial aguacero inundó el vientre del Río Yurubí desbordando su cauce, y en su paso arrasador cubrió con fango los restos ruinosos de la otrora hermosa y floreciente ciudad colonial, como el más triste epígrafe de un capítulo de incalculable horror.

La efervescencia independentista y su rechazo por parte de las hordas realistas, se hizo latente en esos aciagos momentos, debido a que los representantes del clero, consumados enemigos de la emancipación, aprovecharon la ignorancia del pueblo para inculcar en sus prédicas que el terremoto había sido castigo de Dios por el imprudente enfrentamiento al imperio español, refiriéndose al derecho divino de los reyes, en cuanto a considerar la creencia de que la Corona fue creada por Dios para gobernar a los hombres.

Poco a poco, las poblaciones conmovidas por el terremoto empezaron su lenta reconstrucción, siendo San Felipe bastión de la perseverancia, pues aún con el llanto en las mejillas, un antifaz de alegría los hizo emerger de los escombros para rehacer la ciudad que tantos sacrificios y sufrimientos les costara en esos inicios del pueblo que quisieron llamar Cerritos de Cocorote, luego San Felipe El Fuerte” y finalmente hoy, la hermosa ciudad de San Felipe que nos cobija bajo el esplendente sol de Yaracuy.

Ruinas sacras

Pero desandando las distancias, posterior al terremoto de 1812, la férrea voluntad de los vecinos de San Felipe, logró positivos y profundos cambios en lo que habría de ser el levantamiento de una población con claros visos de ciudad, con la certeza de saberse dueños de su destino, por lo que cada quien abrigaba el afecto de seguir expresando su condición soberana, aunque los vestigios del pasado permanecieran impresos en el triste lienzo de aquellas ruinas cobijadas por la frescura de la vegetación que, como un manto respetuoso, arropaba los venerables restos de la ciudad génesis.

Del angustioso ayer sólo quedan las remembranzas de los Cerritos de Cocorote, y más allá las evocaciones de la Iglesia donde se puede apreciar la pila bautismal con la inscripción en latín: “Esta se hizo día 17 de diciembre de 1748 aún siendo mayordomo señor Barquilla padre, hijo, espíritu santo”, pregonando en su altivez la herencia del San Felipe inmortal.

Así son sus ruinas sacras, sempiternas en toda su majestad, enaltecidas en tapices de ecológica esmeralda; un Camposanto que nos obliga a intimar con la riqueza de su pasado colmado de nobles huellas, para aferrarnos con más fuerza al baluarte de nuestras querencias.

El terremoto afectó a la provincia en lo material y en lo moral. Un valioso testimonio del acontecimiento fue escrito en 1839 por el barcelonés Juan Manuel Cajigal, quien señalaba: “Aún la mano del hombre no ha borrado los vestigios del terremoto que destruyó la obra de tres siglos, que por doquiera los descubren mis ojos recordando la gran catástrofe que en vano quiso sepultar bajo sus ruinas la independencia y naciente libertad de una República…”, aún así, San Felipe sigue más vivo, más fuerte que nunca en cada roca que expone su inmortalidad.

Esta pila bautismal es inmortal como San Felipe El Fuerte (Foto Mariela León)

Esta pila bautismal es inmortal como San Felipe El Fuerte (Foto Mariela León)

Peldaños que dan al Altar Mayor de la Iglesia Matriz de Nuestra Señora de la Presentación  (Magaly Martínez)

Peldaños que dan al Altar Mayor de la Iglesia Matriz de Nuestra Señora de la Presentación (Magaly Martínez)

Majestuosa se levanta la casona que alberga reliquias (Foto Mariela León)

Majestuosa se levanta la casona que alberga reliquias (Foto Mariela León)

Soneto Fènix, del poeta Manuel Rodríguez Càrdenas (Foto Raúl Freytez)

Soneto Fènix, del poeta Manuel Rodríguez Càrdenas (Foto Raúl Freytez)

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