Yaracuy parió personajes que nacieron para ser guardianes de recuerdos

Domingo Aponte Barrios, así como tantos valiosos paisanos, no han muerto, sólo desaparecieron físicamente; la muerte es eterna cuando se eclipsa la memoria y éste no es el caso pues su ejemplo sigue vigente tan igual que sus recuerdos en las positivas huellas que dejaron a su paso por este mundo, como una clara expresión de lo nuestro!

Domingo Aponte Barrios, así como tantos valiosos paisanos, no han muerto, sólo desaparecieron físicamente; la muerte es eterna cuando se eclipsa la memoria y éste no es el caso pues su ejemplo sigue vigente tan igual que sus recuerdos en las positivas huellas que dejaron a su paso por este mundo, como una clara expresión de lo nuestro!

Esos son los hijos de mi tierra; mujeres y hombres que nacieron para ser guardianes de recuerdos y mantenerlos vigentes, perpetuando la presencia de los pueblos por encima de las tumbas, a quienes se les acaba de unir toda una legión de nuevos cronistas egresados de la Universidad Nacional Experimental del Yaracuy (UNEY), en quienes recae ahora la inmensa y grata responsabilidad de convertirse en los custodios de la memoria de personajes, barrios, calles y avenidas de las poblaciones, para fortalecer la identidad y elevar el conocimiento de nuestra historia.

Raúl Freytez

Ahí va Santiago Brito con su carga de ilusiones, forrado en trapos sucios de viejos casimires, escondiendo quién sabe qué en ese abultado embalaje de telas, entregado al descuido, de calle en calle, paseando su genio y figura bajo el sol de San Felipe en un ir y venir sin sentido para ver y dejarse ver entre chispazos de ofensas impertinentes.

¡Ahí va Pavo relleno!. Pavo relleno, pavo relleno!, vociferaban los zagaletones medio escondidos en los zaguanes y esquinas, por lo que el pobre Brito no tenía más remedio que lanzarles piedras o mentarles la madre entre escupitajos de chimó.

Fue uno de los tantos cuentos cortos que en alguna ocasión dejó colar el cronista de la ciudad de San Felipe, “porque cuando dejemos de hablar de lo nuestro y de escribir nuestra pequeña historia, se nos irá la juventud detrás de los recuerdos y al final del viaje sólo quedará la duda y surgirán las leyendas lejos de los pasos de la historia”, afirmaba con voz pausada.

Cronistas integrantes de la segunda Cohorte de la Uney

Cronistas integrantes de la segunda Cohorte de la Uney

Partió a destiempo

A quienes tuvimos la suerte de compartir experiencias y evocaciones con el profesor Aponte Barrios, aún nos cuesta creer que partió a destiempo, porque la mocedad de sus recuerdos se negaba a abandonarlo junto al prodigio de una memoria envidiable que le permitía saludar con nombre y apellido a la gente que se le acercaba a consultarle algún detalle de la historia regional, tan igual con la misma facilidad con que abordaba un tema en particular, sin perder la lozanía de sus 89 años.

Razón tuvo Adriana Cardozo, al momento en que fui a saludarle en el jardín de la funeraria de la Abadía de Santa Ana para rendir mi último adiós al buen amigo, cuando dijo que “el profesor había partido a destiempo y sin permiso de nadie”, lo cual es muy cierto, porque si alguien gozaba de perfecta salud, era él. Pero una cosa son los deseos y otros los designios del destino.

En cada rincón una historia

Hoy lamento no haber tenido más tiempo junto a él, sobre todo para conocer más de mi querido San Felipe, al que tan bien conocía, porque hace falta una buena historia para crear una buena leyenda, y él lo sabía; reconocía cada calle con su pequeña semblanza, cada plaza, cada rincón, tal como el caso del Parque Junín, que hace más de ochenta años se conocía el lugar como “El Paraguón”, de paragua grande, conocido así “por las carpas que allí instalaron un grupo de evangélicos por un corto tiempo, y que habría de ser centro de muchas actividades por ser terreno plano libre de hierba alta, en el que luego otras agrupaciones presentarían actos acrobáticos, números de circo, músicos de guitarra grande y requintos”, lugar que después fue reconocido como Plaza Castro, después Parque Junín y finalmente Plaza José Joaquín Veroes, desde 1937, cuyo busto donara el Presidente Eleazar López Contreras, en honor al prócer sanfelipeño, hijo de la tierra santa del hoy parque arqueológico San Felipe El Fuerte”.

A seducir espacios
Manuel Rodríguez Cárdenas, autor de la letra yaracuyanísima de “Morir es nacer”, vals que el tiempo no ha podido borrar de nuestra memoria, a la que se suman muchas de sus obras bibliográficas cuyas páginas sustentan el amor por este suelo.

Manuel Rodríguez Cárdenas, autor de la letra yaracuyanísima de “Morir es nacer”, vals que el tiempo no ha podido borrar de nuestra memoria, a la que se suman muchas de sus obras bibliográficas cuyas páginas sustentan el amor por este suelo.

Aponte Barrios salía muy tempranito de su casa en la Ascensión, a seducir cada espacio, calle y recoveco del pueblo que lentamente se transformó en ciudad frente a sus ojos, desde aquel 24 de septiembre de 1921 cuando naciera en la sabana de San Felipe, en el lugar donde hoy existe la Plaza Don Teófilo Domínguez y la calle 18 del San Felipe antañón.

El cronista afirmó haber nacido en 1921 “en una manzana (cuadra) que sólo tenía cuatro casas, desde el ángulo noroeste de la Plaza Don Teófilo Domínguez; en el lugar donde está Farmatodo estaba la casa del señor Rafael Antonio Freytez; frente a la Panadería estaba el hogar del doctor italiano de apellido Bello, lugar que fue reconocido como la esquina de las Bello, dada la hermosura de sus hijas, tanto así que dos de ellas fueron reinas de la Feria de San Felipe. Muy cerca de allí estaba también la casa de la señora Adelina Ravell de Gavidia, esposa de Daniel Gavidia. El resto eran solares con árboles frutales y ganado bovino. Eran, como puede inferirse, unas casas de campo, donde reinaba la humildad y la buena vecindad. Gobernaba el pueblo entonces Cordido Rodríguez.”

En un relato apacible hurgó en la memoria para traernos sus experiencias de mocedad, al destacar que “eran sabanas largas y anchas y para comprar víveres había que caminar hasta la 6ta avenida en la bodega atendida por Polo Castillo; “Ño Castillo” pa los muchachos de entonces, pero el dueño era Valentín Castillo. “Allí vendían tapiramos, capirusas, queso, tocino, frito, papelón y la cola Bernoti, el refresco del momento”. Luego, frente al lugar donde hoy está la Panadería Fátima, “Ramón Rodríguez fundó una bodega. Se decía que era evangélico porque había llegado con el grupo de carperos que se instalaron en el sitio donde hoy está el Parque Junín o Plaza José Joaquín Veroes.”

Un sentimiento regional
La profesora Carmen de Ramírez, nuestra siempre recordada “Carmira”, cuyo ejemplo será eterno por haberse entregado en cuerpo y alma a demostrar su amor por San Felipe

La profesora Carmen de Ramírez, nuestra siempre recordada “Carmira”, cuyo ejemplo será eterno por haberse entregado en cuerpo y alma a demostrar su amor por San Felipe

Y es que aquel hijo de Castorila Barrios y Eleuterio Aponte habría de convertirse con el correr de los años en un libro viviente cuyas páginas estaban impresas del más exquisito sentimiento de yaracuyanidad y que no escatimaba esfuerzos para que ese afecto regional prevaleciera en el alma de los hijos de esta tierra. “El hombre puede que tenga muchos amores, pero sólo tres no los comparte con nadie: el amor a la madre, a los hijos y a su tierra; quien piense diferente es sencillamente un desnaturalizado”, atinó a decir en una de mis tantas entrevistas con el cronista, al recalcar que “ése es el sentimiento que trato de dejarles a los escolares que visitan el Centro de Historia, pues al inculcarles el amor por nuestro suelo, también les abrimos un espacio de reflexión al sentimiento de regionalidad con la posibilidad de dejar una huella positiva a nuestro paso a través del ejemplo, de nuestras acciones, porque de ese modo será cómo nos recordarán cuando nos llegue la hora de partir”.

Alfareros de historias

Igual que el profesor Domingo Aponte Barrios, otras figuras dejaron su huella distintiva plenamente identificados con el devenir de Yaracuy, al punto de convertirse en alfareros de historias, y es esa la carta de presentación que los fusiona a esta tierra más allá de la distancia, tal como el caso de la profesora Carmen de Ramírez, nuestra siempre recordada “Carmira”, cuyo ejemplo será eterno por haberse entregado en cuerpo y alma a demostrar su amor por San Felipe, tan igual que lo hizo en su momento el doctor Alfonso Bortone Goitía, gran conocedor de la historia local y regional, a la que dedicó buena parte de su tiempo para darla a conocer a las nuevas generaciones.

En este resumen de aquilatados personajes yaracuyanos no debe faltar la figura de Manuel Rodríguez Cárdenas, autor de la letra yaracuyanísima de “Morir es nacer”, vals que el tiempo no ha podido borrar de nuestra memoria, a la que se suman muchas de sus obras bibliográficas cuyas páginas sustentan el amor por este suelo. Y junto a estos inolvidables paisanos se suma el poeta José Parra, autor del soneto “Yaracuy” (…) su luz, su magia, su verdor asombra, y a orillas de la espuma que lo baña, de su seño de miel surge la caña para endulzar los labios que lo nombran”, así como otro gigante inolvidable: Franklin Sánchez, músico de aquilatados méritos, autor de Hermoso Yaracuy, San Pablo y Mi San Felipe, entre muchas piezas musicales.

Vivo concepto de yaracuyanidad

Antonio Diurich, un profesional de la ingeniería convertido en comunicador de regionalidades, asertivo cuando dice que “lo nuestro debe ser prioridad hoy, mañana y siempre, porque a veces conocemos primero un hecho del país más alejado de Venezuela, que algo de nuestra misma comunidad”

Antonio Diurich, un profesional de la ingeniería convertido en comunicador de regionalidades, asertivo cuando dice que “lo nuestro debe ser prioridad hoy, mañana y siempre, porque a veces conocemos primero un hecho del país más alejado de Venezuela, que algo de nuestra misma comunidad”

La lista es larga: Manuel Alvarado, músico de profesión y yaracuyano ciento por ciento de corazón; Gilberto Antolínez, quien marcó el rumbo del estudio indigenista en América y cuyas historias se podían contar como si fueran cuentos; Trinidad Figueira, maestro de maestros, un nombre considerado como sinónimo de enseñanza; Blanca Estrella de Méscoli, compositora tan afamada como galardonada; León Trujillo, investigador y difusor de nuestra historia; Nicolás Perazzo, cronista y escritor de fina pluma; Morita Carrillo, de quien se dijo “que su poesía pareciera estar escrita por niños” en una obra literaria que trascendió las fronteras patrias; Rafael Zárraga, periodista, dramaturgo, cuentista y literato yaracuyano, siempre presente al fondo del espejo, bajo chubasco y nubarrón para cabalgar con aquél Faustino Parra; todos ellos, entre muchos otros personajes, no han muerto totalmente pues su ejemplo los mantiene vivos en la memoria colectiva, producto de su impecable afán de amar a Yaracuy, ligados en sentimiento y acción al crecimiento, difusión y desarrollo de la región con eficacia y eficiencia, despojados de sentimientos malsanos, tal y como lo hizo el propio Domingo Aponte Barrios, al tratar de hacer que antepusiéramos el amor por nuestro suelo a través del vivo concepto de la yaracuyanidad.

Legado vigente
Cruz Ramón Galíndez, quien ha sabido ganarse un sitial de honor en el periodismo nacional, ejercido con ímpetu aún por encima de los años que no han sido obstáculo para continuar escudriñando y escribiendo, con su mente privilegiada de experiencias y recuerdos.

Cruz Ramón Galíndez, quien ha sabido ganarse un sitial de honor en el periodismo nacional, ejercido con ímpetu aún por encima de los años que no han sido obstáculo para continuar escudriñando y escribiendo, con su mente privilegiada de experiencias y recuerdos.

A esa legión de personajes convertidos ya en leyenda, no escapan meritorios yaracuyanos cuyo legado aún se mantiene vigente por el esfuerzo permanente de sus obras, tal como el caso del doctor Carlos Álvarez Amengual, cronista y jurista de impecable trayectoria; Oriol Ramón Parra, cuyos méritos provienen de su labor de periodista y escritor, por lo que se le reconoce como una de las plumas más valiosas de la entidad; William Ojeda García, empeñado siempre, contra viento y marea, en dar a conocer la hermosura de nuestro pasado y presente regional a través de sus letras y acaudalado baúl de fotografías, lo que ha motivado al colectivo a designarle como el cronista iconográfico de Yaracuy; Mario Tovar, un educador enamorado de la historia y la crónica yaracuyana, cuyo amor expresa a través de su columna Educere; Horacio Elorza, un cultor de historias yaracuyanas de prodigiosa memoria, reconocido como el protector de la memoria yaracuyana, revelada con orgullo a través del portal de sus recuerdos, tan igual que Tico Camacho, con su cancionero de historia musical regional y sus crónicas de ayer y siempre; Orlando Barreto, por cuyo esfuerzo y dedicación se mantuvieron intactos y en custodia la compilación de trabajos dispersos e inéditos de Gilberto Antolínez, que luego serían editados a través de la Fundación Casa de las Letras que lleva su nombre conjuntamente con el Centro Experimental de Talleres Artísticos (CETA) y la UNEY que publicaron las valiosas obras del coterráneo: “Retratos y Figuras”, “Los Ciclos de los Dioses” y “El Agujero de la Serpiente”; Antonio Diurich, un profesional de la ingeniería convertido en comunicador de regionalidades, asertivo cuando dice que “lo nuestro debe ser prioridad hoy, mañana y siempre, porque a veces conocemos primero un hecho del país más alejado de Venezuela, que algo de nuestra misma comunidad”; Belky Montilla, educadora, escritora y periodista de acaudalado sentimiento regional, la única dama que engalana el staff de cronistas oficiales de Yaracuy, en su caso particular del municipio Peña, cargo que ejerce con la misma pasión con que ama a su familia, tan igual como trabajan y honran el gentilicio Eligio Ruiz Y Rafael Ferrer a través de su oficio de cronistas en Urachiche y Nirgua, respectivamente, y junto a ellos Cruz Ramón Galíndez, quien ha sabido ganarse un sitial de honor en el periodismo nacional, ejercido con ímpetu aún por encima de los años que no han sido obstáculo para continuar escudriñando y escribiendo, con su mente privilegiada de experiencias y recuerdos. Joven aún en mente y espíritu, es celoso guardián de la yaracuyanidad.

Horacio Elorza, un cultor de historias yaracuyanas de prodigiosa memoria, reconocido como el protector de la memoria yaracuyana, revelada con orgullo a través del portal de sus recuerdos

Horacio Elorza, un cultor de historias yaracuyanas de prodigiosa memoria, reconocido como el protector de la memoria yaracuyana, revelada con orgullo a través del portal de sus recuerdos

Guardianes de recuerdos

Esos son los hijos de mi tierra; mujeres y hombres que nacieron para ser guardianes de recuerdos y mantenerlos vigentes, perpetuando la presencia de los pueblos por encima de las tumbas, a quienes se les acaba de unir toda una legión de nuevos cronistas egresados de la Universidad Nacional Experimental del Yaracuy (UNEY), en quienes recae ahora la inmensa y grata responsabilidad de convertirse en los custodios de la memoria de personajes, barrios, calles y avenidas de las poblaciones, para fortalecer la identidad y elevar el conocimiento de nuestra historia.

La idea es tratar de seguir los nobles pasos de un cronista que se negó a sucumbir al olvido, tal como el relato de Aponte Barrios en el que destaca que  en sus primeros años no tuvo tiempo de ser niño, pues todo era un mandado: anda a buscar agua a la pila frente a la casa de los Pérez Wondsiler; limpia el solar; busca y corta leña pal fogón. “De paso, como éramos muy pobres, yo ayudaba en casa de Sebastián Lara, donde vivía Leocrisia Lara de González, señora a la que le decíamos tía porque se había criado con mi mamá. Estaba ubicada en el lugar donde funcionó la Librería del Este en la avenida Libertador o 5ta Avenida, antes Calle Real. Allí pasábamos el día y nos daba la comida a cambio de los mandados. Entonces todas las calles era de tierra y las ventoleras le ponían los pies amarillos a uno; tan sólo la avenida La Patria era empedrada y caminar por el lugar era un tormento, para los que andaban a pie e incluso en alpargatas, porque usar zapatos era cosa de ricos. Había poca luz eléctrica que instalaron en 1919 y el desarrollo estaba lejos de llegar a mi pueblo. Apenas si había unos ocho carros en 1931: el del gobernador, del alcalde, del prefecto y de otros señorones de la época. Pero San Felipe siempre fue hermoso, aún con la falta de progreso en ese entonces, por lo que ayer y hoy, y seguro que siempre seguirá siendo hermoso San Felipe.” Esas reminiscencias son eternas y ése es el trabajo del cronista.

; William Ojeda García, empeñado siempre, contra viento y marea, en dar a conocer la hermosura de nuestro pasado y presente regional a través de sus letras y acaudalado baúl de fotografías, lo que ha motivado al colectivo a designarle como el cronista iconográfico de Yaracuy

William Ojeda García, empeñado siempre, contra viento y marea, en dar a conocer la hermosura de nuestro pasado y presente regional a través de sus letras y acaudalado baúl de fotografías, lo que ha motivado al colectivo a designarle como el cronista iconográfico de Yaracuy

Domingo Aponte Barrios, así como tantos valiosos paisanos, no han muerto, sólo desaparecieron físicamente; la muerte es eterna cuando se eclipsa la memoria y éste no es el caso pues su ejemplo sigue vigente tan igual que sus recuerdos en las positivas huellas que dejaron a su paso por este mundo, como una clara expresión de lo nuestro!. Estas páginas honran su ejemplo.

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